viernes, 20 de febrero de 2009

la triste historia de un burdel abandonado





Hará unos años participé sin éxito en el concurso para la reordenación del centro histórico de Irún, salvajemente bombardeado durante la Guerra Civil. Ríete de Gernika y de su fama: la huella de este bombardeo es todavía visible en el centro urbano, formado por una desoladora secuencia de vacíos urbanos que dejan abiertas unas visuales muy maltratadas.





Irún es una ciudad embrutecida, desolada, dura. Calles estrechas en subida, calma tensa más que tranquilidad, una vida pasada de bar en bar, la frontera bajando, la arquitectura más francesa que española. Todavía me parece ver el fantasma de de la Sota sacando la nariz sobre una avenida caminada con demasiada prisa.
Irún fue el lugar escogido por Oteiza para fijar su residencia durante veinte años largos. Es donde esculpió su friso de Arantzazu. Donde montó su primer Laboratorio de Tizas. Su primera vivienda se construye, Luis Vallet mediante, Sáenz de Oíza ocupado en otras tareas y negándose a formar parte del triumvirato que, con Bastarretxea, definió buena parte del arte español de postquerra. Tardó años en ser perdonado.
Por la tarde. Me sentía lleno después de unos pinchos maltomados en un bar escogido al azar, mediocre, más negativo que cris, sobre el fantasma de la plaza Jenaro Etxandia. Luchando contra una pereza olímpica, Merwan y yo seguimos una visión que él había tenido horas antes, entrando a Irún por el norte: las ruinas de la casa del Escultor.
Sé que era la verdadera causa de la presencia de Merwan allí: la casa del Maestro, dejada, engrisecida, a dos metros de una carretera hipertrofiada. En medio de una isla de carreteras, submergida en un paisaje de malas hierbas, con olmos que habían crecido demasiado. Al norte, un nuevo centro comercial, a la escala de aquella ex-calle. Lo caracteriza un cuerpo en voladizo, un voladizo considerable, acabado de un alucobond rojo-escandaloso, chillón, con pinta de planta venenosa. Recuerdo haber averiguado el nombre de los arquitectos, que he decidido olvidar por despecho: la arrogancia de esa construcción ante la fragilidad de una especie de caja hecha más de recuerdos que de materiales físicos, agonizando ante nuestros ojos.





Conservaba las carpinterías originales. El color original, desdibujadísimo. La entrada a las viviendas, hundida bajo unos pilotis aplacados con baldosa, probablemente metálicos, revestidos y regruesados bastamente, conservando, pero, una esveltez que permitía ver su alma.
Los bajos, recrecidos también con precarias uralitas cerradas con crista. El laboratorio de tizas tocando, ahora, el suelo, convertido en unas oficinas, los pilotis invisibles bajo una pared del mismo material que el resto de la casa.





La casa se vendió. Oteiza pasó a Alzuza, y Bastarretxea se marchó también. Su casa se convirtió en un burdel. La del Maestro, en Muñoz y Cabezo, transportes internacionales, SL. Delante, un bar. Lugar de paso, refugio de horas duras, sin ganas de pensar en nada queno sea la próxima estación. El zócalo gris se reconocía. Los pilotis, del mismo rojo que los arquitectos desconsiderados habían escogido para su voladizo sobre nada.
Fantasmas. Un silencio extraño, nada que decir envueltos de un ruído de tráfico insoportable. Ruído blanco. Alguien había decidido que eso estaba ya muerto.
La casa ya no existe. Con ella se ha marchado parte de nuestra memoria. En el Reina Sofía, oteiza está un poco más muerto.


Mirad el friso de Aranzazu después de una nevada.





El goterón que definía el pequeño porche de acceso a la vivienda, constructivamente absurdo, en medio del balcón, se metía en el espacio cubierto: el miso Oteiza lo había construído.





Y el burdel tenía por nombre “el Camino Rojo”.


martes, 17 de febrero de 2009

recomendación

Mi buen amigo (y socio) Merwan Chaverra, una de las “M” de mmj arquitectos, nuestro estudio (www.mmjarquitectes.net), ha escrito un artículo que vale la pena leer: http://merwanch.blogspot.com/2009/02/tres-cubos-imposibles.html
Este artículo versa sobre unas viviendas sociales que se han construido en Sant Cugat del Vallès, de las que, en su día, tomé algunas fotos de obra que, si encuentro, colgaré del blog. Tienen la estructura portante más interesante que recuerdo en tiempo, ya que los edificios se aguantan casi exclusivamente reciclando la estructura portante den pladur, ligeramente reforzada.
La modestia de Merwan le ha impedido decir que el fue una pieza clave en el desarrollo del proyecto, desde la fase de concurso hasta el ejecutivo. Que quede aquí este reconocimiento a su trabajo.
Trabajar con Merwan ha sido, quizá, el placer más grande que me ha brindado esta carrera. Por muchos años.

viernes, 13 de febrero de 2009

el barrio de la pelleria en Vic, ii


Nueva perspectiva del barrio. A diferencia de la fachada de Girona sobre el rio Onyar, el barrio de la Pelleria tiene una sección compleja que ata la calle interior con la cota del río a través del interior de los edificios, que asumen el cambio de cota con dos plantas bajas y unos interiores complejos que se deberían estudiar. Todo el tema va ligado a la función de los edificios, el curado de las pieles, que requiere mucha agua.

miércoles, 4 de febrero de 2009

los pies se me enfrían si no los encojo


Uno de los temas recurrentes a lo largo de la historia del Movimiento Moderno, casi una de sus razones de ser, es la vivienda. La vivienda masiva. La vivienda fácilmente estandarizable, reproducible, digna, asequible para las masas de trabajadores: lo que, para resumir, se ha llamado la “vivienda mínima”.

Ésta está actualmente descrita y protegida por una serie de normativas de complimiento obligado, a partir de las cuales se tendría que desarrollar. Pero esto es falso. Lo que tendría que ser un mínimo exigible, lo que deberían ser unas condiciones de partida sobre las que definir dicha vivienda se han convertido, en el mejor de los casos, en un estándar que define las condiciones de vida de miles de familias. Incluso la propia denominación de “vivienda social” ha mutado des de un cojín, de una emergencia que un particular o el propio estado disponen para emparar los más desfavorecidos hasta un estatus de vivienda “justa”, en que unos pocos afortunados premiados en sorteos con listas de espera kilométricas pueden pagar un precio que ajusta mínimamente la oferta a una demanda que nunca se puede satisfacer.

Esta vivienda social ha quedado pautada por una serie de condicionantes culturales que, curiosamente, tienen la edad aproximada del propio Movimiento Moderno, y que actúan como un freno a una iniciativa pública ya de por sí demasiado sensible a una política de vuelo gallináceo, variable de legislatura en legislatura, sin memoria histórica. Se podría resumir, precariamente, en unos cuantos puntos:

-Uso de la vivienda, incluso de la vivienda social, como un valor de cambio más que un valor de uso. No compramos tanto lo que necesitamos como un estándar conocido por todos los que forman el mercado, que servirá, eventualmente (nunca, en la mayoría de los casos), como un fondo de inversión, siempre al alza hasta que llegó la crisis, obviamente.

-Reproducción de un patrón conocido por encima de lo que realmente se necesita. A saber, de los clichés burgueses de la postguerra española, en nuestro caso: zona de día, zona de noche, la rémora de la doble circulación de servicio incluso en viviendas donde nadie lo va a tener nunca. Estar nuclear, lugar común de una familia numerosa encogida hasta la parodia, con la TV ocupando el lugar de la antigua chimenea, a veces literalmente. Habitaciones más como lugares para dormir que no de estar, donde los miembros más jóvenes o más viejos de la familia desarrollan su vida casi en exclusiva. Cocina que sólo sirve para cocinar, ahora incorporada a la sala gracias a haberse cargado la cultura del buen comer. Comedor como espacio muerto para usar en contadas ocasiones. Compartimentación (distribución) organizada como si fuese de muros de carga. Recientemente, la incorporación del tipo “loft” siempre en espacios demasiado pequeños, dudosamente legales, entendidos como un único ámbito abierto como tipología alternativa para quien no se pueda pagar un espacio más grande.

-Encogimiento hasta el absurdo del modelo anteriormente descrito, sin variaciones. Viviendas grandes, complejas, para familias entendidas en el sentido más amplio del término (varias generaciones, parientes, servicio, etcétera), reducidas y condensadas en unos pocos metros cuadrados que pretenden reproducir arqueológicamente todo este modus vivendi que no se prevé que regrese.

La manera de habitar todo esto es casi automática, des del condicionamiento recibido mediante la educación y la procedencia socia de quien lo usa. Y es contra esta inmediatez que me rebelo.


Lo que nos han vendido como vivienda mínima no tiene por qué serlo. Ni tiene por qué cumplir otro estatus que no sea el de refugio precario. Entendámonos: vivir vivir, podemos vivir en muchos lugares, y de maneras diversas. Yo mismo desarrollé, con la arquitecta Eva Sánchez, que tiene un estudio muy interesante a medias con su marido Pablo Roel, que ha producido algún edificio notable y que dará que hablar en un futuro próximo, una vivienda mínima de verdad. El condicionante de nuestro trabajo fue encontrar la frontera de la vivienda, al margen de los condicionamientos culturales que nos impone vivir de una determinada manera. Así, propusimos un refugio precario, espcio para poder dormir y lavarse tranquilamente, casi de forma gratuita, que funcionaba en red con el resto de espacios públicos existentes en una ciudad de cierto tamaño: comedores, bares, bibliotecas, filmotecas, parques, calles, universidades. El lugar no tenía más calefacción que la ropa de abrigo del usuario, y unas mantas que se podían guardar en la planta baja de nuestro edificio. Se paraba el viento y la lluvia con unas planchas desmontables de policarbonato serigrafiado. En verano, ni eso. El wc estaba inspirado en los del desierto, y casi no consumía agua. Quedaba servido des de la calle por un camión de la basura convencional. El sistema de privacidad pagaba el gasto: lonas publicitarias fijadas sobre un andamio habitagle, que se iba moviendo por diversos solares vacíos de la ciudad, en espera de ocupación definitiva, a cambio de un anivelamiento gratuíto, reciclando los propios residuos e la misma obra.

1.-andamio-anuncio

2.-resíduos del solar apilados

a,b tesores del andamio: no puede apoyarse en la medianera

a, calle, b, banda de wcs, c, dormitorios d, accesos


1, escaleras de acceso, 2, pasillo, 3, vivienda. 4, wc 5, tubo para resíduos, 6, llave con agua



1, pasillo, 2, vivienda, 3, fachada, 4, medianera, 5, posible ampliación


1, fachada, 2, manguera, 3, estructura, 4, cerramiento policarbonato

1, manguera, 2, pavimento fenólico, 3, manguera, 4, resíduos, 5, montante, 6, cerramiento

detalles del cerramiento, muro-cortina artesanal de policarbonato

No había electricidad. No existía más propiedad privada que la que se pudiese llevar encima, o confinar a un pequeño almacén en la planta baja. El resto quedaba confiado a la imaginación del individuo. A cambio, sensación de espacio, de libertad. Buena colocación, en el centro, vistas. Vida dinámica.


vista interior

aspecto exterior

Voy al otro extremo: recientemente fui acusado de elitista por manifestar mi deseo de vivir en la fábrica Casarramona, actualmente sede del Caixafòrum de Barcelona. En un primer momento quise disculparme, creyendo que se me había malentendido una broma. Más tarde recordé unos dibujos, ahora perdidos, que hice sobre el tema. Me di cuenta que el deseo de habitar ese espacio es real, más allá de su actual condición de espacio público visitable, y encima gratis. Si me la diesen me la quedaba. Sin excusas. Lo tenía todo pensado: las tres bandas paralelas de edificación crean patios entre ellas, que podrían ajardinarse y subdividirse a placer, creando patios individuales. Las enormes salas quedarían casi vacías, pavimentadas con suaves pendientes para poderlas limpiar a manguerazos. Plantas dentro, plantas fuera. Muebles al lado de la ventana. Zonas sociales, zonas privadas. Zonas de escuchar música, de leer. El programa variaría de estación a estación, acomodándose a la gente que me rodea, a los estados de ánimo familiares, a nuestras ganas de vivir, de trabajar, etcétera.

El concepto de vivienda mínima es falaz, erróneo, destinado a hacernos conformistas de una situación que difícilmente sabremos cambiar. Las presuntas necesidades “naturales” de espacio, científicamente cuantificadas, descritas, no son nada fuera de los parámetros económicos inevitables para que nuestra sociedad funcione. Un piso de cuarenta metros cuadrados es una buena solución mínima, y hemos de estar agradecidos, sobretodo al esfuerzo realizado para universalizarla. Pero no tiene nada que ver ni con el confort ni con un ideal, por toneladas de talento que echemos sobre ella.

Nuestras necesidades reales de espacio están en función de parámetros muy diversos, algunos de ellos objetivables, otros muy sencillos. Los primeros tienen que ver, básicamente, con el grado de actividad que se realiza en el interior de la vivienda, con el número de personas que la ocupan y con su ubicación. Vivir en el Raval requiere menos espacio que hacerlo en el campo, porque todo está más cerca, más presionado. Vivir en el campo ocupa suelo. Terrenos de almacenaje, de cultivo, unidades familiares más concentradas y autistas.

no estaría mal vivir así

Los parámetros subjetivos son más espinosos: la personalidad, las propias aspiraciones de vivir en lugares más o menos grandes, nuestro grado de claustrofobia (cada persona lo tiene, independientemente que provoque o no problemas de conducta), y nuestras propias concepciones sobre cómo usar el espacio.

vivenda mínima: botellas de vino barato (lambrusco, don simón)

Soy una persona bastante claustrofóbica. No me gustan los espacios cerrados, las visuales cortas. No me agrada sentirme aprisionado. Siempre abro ventanas y descorro cortinas dondequiera que esté, y, en los bares, me siento de cara a la puerta. Me gustan las plantas, los lugares altos de techo, la lluvia. Me gusta la sensación de espacio, de ambiente grande, y me gusta percibirlo a través de los oídos. He estado sentado muchas veces al fresco, dentro de una gran catedral, de espaldas a la puerta, completamente despreocupado, notando el aire en el cogote, dibujando tranquilamente, o cerrando los ojos con la cabeza echada atrás, sabiendo que el espacio es grande: me siento seguro, aún teniendo la cámara de fotos en la mano para poder controlarla, y el dinero escondido.


Es por esto que me sentiría cómodo en medio de una nave modernista pintada de blanco, con columnas de hierro fundido (también pintadas), un buen equipo de sonido donde Greg Cohen pulsase su contrabajo mientras Marianne Faithfull canta y Marc Riboh toca las guitarras más contenidas de toda su carera, con permiso del disco que grabó con Ikue Mori y el ya muerto Robert Quine. También valdría el Mezzanine de Massive Attack, si llevase algún wisky de mas.

Le Corbusier y su mujer, Ivonne, vivían en catorce metros cuadrados. Con la casa de Eileen Gray y Jean Badovico al lado, obviamente. Y con el mar de Cap-Martin donde se suicidó. Ah, y acabó construyéndose un taller.

Luís XIV necesitó versalles para alojarse. No sabía estar solo. Marie Antoinette tuvo suficiente, para su delfín rescatado por Mark Twain y sus amantes, con el pequeño Trianon. La Pompadour sí sabía estar sola. Captain Beefheart la cantó, luego.

vivienda

Wright y Kan necesitaban tres familias paralelas cada uno. Gaudí, una cortina que lo separase de las maquetas. Un faraón, una pirámide. Un dios, un templo. Un gentleman inglés sólo puede ver árboles des de su ventana.

Zaratustra vive en una casa de Mies van der Rohe.