domingo, 23 de agosto de 2009

López Cotelo/ Puente. Una biblioteca en Zaragoza





A unos quince minutos a pie de la Ciudad Vieja (quizá a unos veinte o veinticinco de la Basílica del Pilar, precedida por una de las plazas mas inhóspitas que conozco), rodeada de edificios anodinos, se erige la Biblioteca Pública de Zaragoza. Su entrada queda precedida por una minúscula plaza, ganada a la calle retrasando el cuerpo que contiene la sala de lectura, y acotada por un patio inglés arbolado que ilumina la biblioteca infantil, situada en el sótano. En el lado contrario al patio inglés se alza el cuerpo de administarción, que presenta fachada a este espacio y sobre el cuerpo de las salas de lectura, el doble de bajo, que tiene la altura de los edificios del resto de la calle, y que sirve, también, de cojín que entregue este equipamiento contra una calle que parece diseñada más para edificios altos entre medianeras que para grandes equipamientos públicos que requieren mucha superficie y poca altura.




Aun así, como concesión al emplazamiento, el programa se desarrolla en vertical. Perpendicular al cuerpo de administración, estrecho y largo, adosado a la medianera de un enorme edificios de unos trenta o trentaicinco años de antigüedad, de cinco o seis alturas, en doble crugía, está el edificio que contiene las salas de lectura infantil y de adultos, un pequeño aulario y algunos espacios representativos.





Este edicio parece simetrizarse respecto a su eje longitudinal, y la entrega contra el patio interior de manzana, convertido ahora en una plaza pública completamente desangelada, se realiza análogamente a como lo hace hacia la calle: con un patio inglés ajardinado. Tiene cuatro alturas, tres y cuarto respecto del nivel de la calle, ya que la planta baja queda aproximadamente un metro y veinte centímetros elevada del suelo.







Las cuatro plantas son, en realidad, dos edificios de dos plantas superpuestos. Cada uno de estos edificios tiene un vacío central a doble altura correspondiente a la sala de lectura infantil abajo y a la de adultos arriba, con las estanterías de libros bajo los altillos y espacios inforales y aularios en la parte superior. Un sistema de escaleras rectas conectan las dos salas de lectura, y el acceso al edificio se produce, de manera muy inteligente, por el altillo de la biblioteca infantil, de modo que sólo hay que subir o bajar un único tramo de escaleras para acceder a las salas de lectura principales.








La calle queda a sureste y la fachada al patio interior de manzana a noroeste. Las entradas de luz se realizan en función de estas orientaciones, y asimetrizan una sección que, de no ser por esto, podría ser perfectamente simétrica.








La autoría del edificio corresponde a la asociación entre Víctor López-Cotelo y Carlos Puente, que actualmente trabajan separados. No puedo esconder que son dos de mis arquitectos favoritos. Gallego y vasco respectivamente, se conocieron trabajando para Alejandro de la Sota. Puente, en su fabuloso dietario “Idas y Vueltas” (Col·lecció Cimbra, Arquia, 2008), diría que “descubrí, más tarde, que eso era muy importante”.
En cierto modo, su carrera, tanto juntos como por separado, ha superado a la del maestro: menos proclives a los manifiestos, más posibilistas, más valientes a la hora de aceptar esa vertiente intangible y peligrosa de la arquitectura, es decir, su vertiente poética. De la Sota siempre me ha parecido una bomba que no llegó a estallar, excepto en contadas ocasiones (como el Gobierno Civil de Tarragona, edificio obligatorio de conocer), aún manteniendo una carrera de altísimo nivel. Maestros contemporáneos a él, como Fisac o Sáenz e Oíza, tuvieron menos miedo al fracaso, al error, al paso en falso, y, a trancas y barrancas, llegaron más lejos que de la Sota, un arquitecto como mínimo a su nivel.
López-Cotelo y Puente, juntos y por separado, han avanzado lentos pero seguros, como una apisonadora, y algunos de sus edificios son de lo más interesante que ha sucedido en la arquitectura española en los últimos veinticinco años: López-Cotelo construyó, en un pueblecito de la costa almeriense, una minúscula casita de veraneo entre medianeras sólo comparable en intensidad al Cabanon de Le Corbusier. Cada vez que creo exagerar reviso los planos y quedo más convencido de esta afirmación. Carlos Puente es el autor de la rehabilitación de la Casa de las Conchas en Salamanca. Gracias a él es posible visitar una de las joyas del barroco español sin notar que es, actualmente, una obra de arquitectura moderna de primerísimo nivel. Quien quiera notarlo sólo tiene que fijarse en exquisito diseño de las carpinterías, de los pavimentos, o en el hecho que uno de los edificios más conocidos de España, catalogado con el más alto grado de protección existente, aloje en su interior unas instalaciones docentes de primer nivel de un modo casi secreto.






La biblioteca de Zaragoza es una de sus obras mayores. He querido explicar, en la primera parte de este escrito, parte de las condiciones iniciales que hacen que este edificio sea arquitectura. Lo que realmente lo trasciende planea sobre estas decisiones: el lenguaje compositivo. La coherencia interna. El uso inteligente de los materiales. La calidez de la luz. Lo ajustado de las dimensiones de todos sus componentes, des de un pasamanos hasta las sillas, el diseño de las mesas, la elección de las luces. El lucernario a norte. La estructura dimensionada al límite de su resstencia. El revestimiento basto, rugoso, de la fachada, construcción húmeda de bajo nivel, ejecutada de un modo aparentemente descuidado. La puerta de acceso. La tranquilidad con que se entra. Una pareja hablando en las mesas bajas, a mi lado, en un interludio de su estudio, sentada en los mismos sofás cómodos donde estoy. Sus pies están indolentemente apoyados en el antepecho bajo de una enorme ventana, lámparas de pie a la altura óptima para leer, plantas separando grupos de dos mesas.







El chico se da cuenta que estoy dibujando a su amiga, de espandas a mi, llevando un vestido corto con un tirante caído sobre el brazo, y me sonríe. Bajo mis pies, gente estudiando, e ltecho siete u ocho metros por encima. Parecen revestidos de una dignidad de monje medieval.







Visité esta biblioteca por primera vez hará unos siete u ocho años. La escalera principal, de subida a la sala de adultos, todavía conservaba las barandillas originales, realizadas con red de pescador. Actualmente son de cristal. Des de entonces, debo haberla visto con cinco o seis distribuciones diferentes. Siempre llena de gente. Su arquitectura presenta múltiples registros de lectura. Uno de ellos permite vivirla indolentemente, sin fijarse en lo que te rodea.








Sin este edificio Llinàs no habría diseñado su biblioteca de Terrassa, ni la Jaume Fuster en Gràcia, su digna prima hermana. Leed algún día las explicaciones que Koolhaas da al diseño de su (fabulosa) biblioteca en Seattle, y pensad si algo de lo que dice, salvadas las diferencias de escala, deja de ser aplicable a esta biblioteca de Zaragoza, ahora injustamente olvidada a pesar de ser un éxito absoluto.







Después de la visita os espera una cerveza fría en el próximo Café Levante, a la salud de los arquitectos.



los reyes son los padres

La arquitectura bioclimática es una tontería. Tan tonta como poner los aires acondicionados a toda mecha en el mes de agosto pretendiendo imponer las mismas leyes de etiqueta que en diciembre. Las maneras de vivir que los humanos conocemos tienen un componente de irracionalidad tan alto que dejan el surrealismo convertido en una manifestación artística banal por su simplismo absurdo.

Lo que nombramos como medio natural se ha convertido en una quimera hace tiempo. Milenios, quizá. Evocamos un pasado edénico en que los hombres éramos buenos y vivíamos en comunión con esta entelequia vaga que llamamos naturaleza, formada demasiadas veces tan sólo por virtudes morales asociadas a animales, vegetales y otras cosas como minerales o compestos químicos varios. Este pasado dejó de existir incluso antes de separarnos en dos especies hermanas, los Neanderthales y nosotros, y de comernos a los primeros en un “ellos o nosotros” que a pasado a ser uno de nuestros mitos fundacionales.

Vivimos los parámetros de confort como un hecho irrenunciable, y la única cosa que puedo percibir tras as inquietudes actuales por el medio ambiente es una preocupación por la factura. Hemos tomado (más exacto sería decir que hemos vuelto a tomar) consciencia sbre nuestra capacidad de alterar el medio ambiente, y de poder (o de no poder evitar) modificarlo hacia una dirección que altere nuestro equilibrio homeostático. A esto, pretenciosamente, lo llamamos “dañar” a la naturaleza. Pero todo es una gran mentira. Hipótesis desfavorable: Obama y Puttin aprietan, de una vez, el botón. Unos cuantos miles de bombas nucleares explotan en las capas bajas de nuestra atmósfera. Ciudades arrasadas, casi todos muertos. Un cristo, vaya. Pero, de hecho, a la Tierra no le pasaría nada. Cuatro terremotos. Unos grados de calor más o menos. Radiación. Hasta, según algunos físicos, una ligera modificación de la órbita terrestre. Y qué? Los escarabajos resistirían. Siempre resisten. Hay bacterias que desarrollan anticongelante. Hay formas de vida anaeróicas, con base amoníaco o azufre. Etcétera.

En perspectiva: las preocupaciones que tenemos por la naturaleza son, simplemente, preocupaciones egoístas hacia nosotros mismos. Que,obviamente, comparto. Soy egoísta como el primero, y no dejaré el mundo a las luciérnagas sin resistir.

En la Tierra hay, actualmente, unos siete mil millones de personas. Nosotros (cualquiera que tenga la paciencia de leer estas líneas queda incluído en este nosotros) formamos la cúspide de la pirámide social mundial. Comemos suficiente como para tener que vigilar si padecemos sobrepeso, y bueno, y variado. No tenemos frío en invierno, ni calor en verano. A veces pasamos calor en invierno y frío en verano. Podemos aburrirnos. Podemos descansar. Culrivarnos. Escoger en qué empleamos nuestro tiempo, y llegar a cobrar mucho dinero por hacerlo.

A una minoría esto le va bien: piensan, desarrollan nuevas ideas. Crean. Gracias a esto tenemos arte. Filosofía. Ciencia. Esto legitima el sistema y permite que podamos llamarnos seres humanos. Otros hacen cojín, y un determinado porcentaje pierde el tiempo improductivamente, porque el ser humano como animal social funciona como un enjambre autoorganizado dejando de un 20 a un 40% de indivíduos bajo un lumpen improductivo que permite que los otros trabajen. Si nos los cepillamos en virtud de algún milagro, el resto vuelve a organizarse según estos parámetros. Para más explicaciones, leed “Josefina la Cantora o el Pueblo de los Ratones”, de Franz Kafka.

Vivimos muy bien. Mi padre, de joven, bebía vino. Ahora yo puedo escoger entre centenares de variedades de vino, des de un Syrah del Ticino a un Pinot Noir californiano pasando por un monovarietal del Pla del Bages elaborado con alguna variedad autóctona pre-filoxera recientemente recuperada. Todas las variedades de la uva provienen, por ingeniería genética desarrollada cruzando vides y vides en un enorme trabajo milenario, de una variedad primigenia de moscacel. Las naranjas son originariamente de la China. Ya lo dice el refrá, y aseguro que no es broma. Las higueras son autóctonas de la Capadocia. Uno de los desastres ecológicos más grandes que ha vivido jamás la península ibérica fue la introducción, allá por el siglo X, por parte de los árabes venidos del sur, de la caña de río, que desplazó violentamente gran parte de la vegetación de rivera, ya no del todo autóctona por esas fechas. Actualmente está tan incorporada a la cultura popular que ya no podemos concebir un río español sin ella.

Hablamos de agricultura ecológica, pero ésta vienen de la legitimación secular de la ingenería genética. Hace poco me llamó la atención la introducción en nuestras tiendas del pan de espelta, más sano, más nutritivo, mucho más caro. Luego llegó el de kamut. Con la espelta y el kamut europa habría muerto de hambre. El trigo que tenemos actualmente es una evolución de estas variedades, más rústicas, hipoalergénicas, pero con un rendimiento hectárea muy pobre. No podemos alimentarnos sin los transgénicos. Capricho pijo: la cerveza de espelta es de una calidad excepcional.

No hay marcha atrás: el estado actual de las cosas es el que es. Este estado actual se crea y se transforma continuamente, día a día, acto a acto, edificio a edificio, industria a industria. Procuremos, sencillamente, trabajar con honradez, sin ingenuidades, aceptando quién somos y cómo hemos llegado donde estamos. Aunque, quizá, no nos gusten nuestros padres, la consciencia de nuestros orígenes es la única manera coherente de no caer en una segunda inquisición laica o perteneciente a alguna religión con un dios todavía por inventar.

jueves, 13 de agosto de 2009

Miguel Fisac: una iglesia en Canfranc



Pocas horas antes de mi primera llegada a Canfranc, persiguiendo el fantasma de la Estación Internacional, supe de donde venía el vínculo que Miguel Fisac tenía con el lugar: su mujer era originaria. Ya in situ, confirmé mi teoría sobre la propiedad de la casita que construyó allí: era suya. En su momento, la última casa del pueblo, a pocos metros de la frontera, ya en zona de ancho de vía francés. La encontré causalmente, porque tenía ganas que estuviese allí: el emplazamiento que hubiese elegido de quererme construir allí una casita de vacaciones, a principios de los sesenta. Me engañó su estado de conservación: óptimo hasta el extremo de resultar inidentificable como una construcción de cuarenta años, erigida en medio de los Pirineos. La casa es mucho más bonita de lo que había imaginado. Más pequeña, más coqueta, más sensible. Más divertida. Los hijos del arquitecto no han alterado ni un tornillo, y actualmente es casi infotografiable, ya que los árboles que había plantados han crecido más que la casa, hasta ocultarla completamente de miradas extrañas. Mi pequeño homenaje al arquitecto y a su familia será el de no desvelar más su ubicación: invito a quien tenga ganas que la encuentre. El resultado no decepciona.




Esperaba encontrar tres construcciones de Fisac en estado incierto de conservación: encontré seis, óptimamente mantenidas, hasta catalogadas algunas de ellas, como si el fantasma del arquiteto les sacase el polvo cada sábado. A parte de la casita, hay no una sino dos centrales hidroeléctricas, la iglesia de la que quiero ocuparme y, sorpresa! Dos presas: una muy pequeña y una enorme, que cierra el embalse de Canfranc, de unos treinta metros de altura.
La gracia de estas obras radica en el cuidado y la sensibilidad con que han sido proyectadas y construidas. Todas ellas tienen mucho en común con la casita, erigida en modelo para caso cualquier programa con que se hubiese de enfrentar en esos lugares.
La iglesia es el caso extremo de esta actitud, por su representatividad. Imaginar que los edificios industriales construidos en este pueblo también pueden ofrecer este grado de domesticidad y tranquilidad es constatar la enorme honradez profesional de un genio que nunca escondió la mierda bajo la alfombra: la primera central tiene unos aires mackintoshianos interesantísimos, y, simultáneamente, es el edificio que más recuerda a su casa. La segunda es más grande, más aislada, es un edificio racionalista de piedra con sombrero, un sombrero estrambótico de chapa, inclinadísimo, erizado de claraboyas realizadas levantando pedazos de cubierta, como recortados con tijeras.



la central más pequeña

La iglesia es el edificio más complejo, bastardo y trabajado de todos. También el más emocionante, con permiso de la casita.



La economía de medios con que se proyectó es total: se trata de un abanico tapado por una cubierta de pendiente única partida en dos en la zona del altar, más alta, con unas pocas y bien escogidas entradas de luz: la de detrás del altar, estrecha y vertical, a toda altura, indirecta e invisible des de buena parte de la platea, y la de encima del altar, también indirecta, horizontal, formando una cruz con la anterior, más dos ventanas rasgadas, con la misma inclinación que la cubierta, que iluminan la platea. El baptisterio tiene una pequeña claraboya individual.





La iglesia se emplaza en el mejor solar del pueblo: al lado de la carretera, alineada directamente con la puerta de la Estación Internacional. Curiosamente, Fisac no alineará puerta con puerta, ya que el eje de la estación se enfrenta con una pared ciega, baja, sin oberturas. El acceso se produce por los dos laterales, mediante dos grietas asimétricas que separan las generatrices del abanico de su pared de cierre, debilitando las esquinas del edificio, de muros portantes. Estas esquinas no hace falta que sean fuertes, ya que las geometrías de las paredes las hace completamente autoportantes, arriostradas una a una. El conjunto tiene, así, una enorme rigidez, que se vio puesta a prueba a mediados de los 80, cuando el edificio sobrevivió a una avalancha: ahora está felizmente reconstruido, aunque algunas cerchas originales se hayan perdido, y está también catalogado como monumento histórico artístico.

El solar está unos metros levantado respecto de la carretera y la estación: sendas escalinatas equivalentes pero no simétricas llevan a dos puertas, y el espacio intermedio se deja a cota de carretera para crear una pequeña área de descanso. La cubierta sigue la pendiente del ascenso, y se eleva a las montañas vecinas, que cierran el valle del río Aragón, cruzando el bellísimo emplazamiento que lo envuelve todo. La iglesia está girada 180º respecto de la orientación canónica, y el altar se apoya contra el oeste, en la falda de la montaña. Los condicionantes urbanísticos, la fuerza del lugar, la posibilidad de orar contra un muro de centenares de metros de altura, pueden más que las ganas de orientar la iglesia a un sol naciente que, de todos modos, nunca es perceptible hasta que no está alto en el horizonte.





La iglesia no tiene campanario exento, ni torre. La campana se aloja justo al lado del lucernario del baptisterio, a ras de cubierta.
Su paleta de materiales es muy reducida: piedra, madera, metal, algo de cristal y terrazo para los pavimentos. El uso que se hace de ellos los aleja bastante de otros referentes españoles, dejando un parentesco muy bastardo con otras referencias cruzadas: el románico, la arquitectura popular de la zona, la arquitectura militar de finales del XVIII, también abundante en la zona, y el racionalismo nórdico.
La madera será tratada a base de tablones sin pulir. Se dejan intactos los extremos de estos tablones, donde aparecen los bordes del tronco, a veces hasta con pedazos de corteza. Las carpinterías encajan burdamente, creando una superficie plana, tosca, vibrante. Las paredes no portantes de su casita se realizarán también así.



maderas en la casita


En el tejado los tablones se van solapando como en el buque de un dakkar vikingo, peinados todos en la misma dirección, formando una solera de cerramiento de cubierta, de soporte de las chapas metálicas de aluminio, según la memoria del proyecto, y, simultáneamente, creando una cámara de aire por geometría. Es dudoso que haya aislamiento térmico.
El mobiliario se realiza, también, con este tipo de madera, trabajado tan toscamente que algunos bancos llegan a parecer objetos encontrados, exvotos dejados allí por algún obrero que haya salvado la vida.


Los muros son de una mampostería basta con juntas de mortero de casi diez centímetros de grosor en algunos puntos, agresivas, de una textura que aleja al visitante. Casi no hay agujeros o ventanas, fuera de los indicados anteriormente. Cuando aparece un dintel, éste se realiza en hormigón, y serán casi las únicas piezas de este material en todo el edificio.



La piedra, trabajada en un único bloque extraordinariamente pesado, potente, tosco, también formará algunas piezas del mobiliario: los pequeños vasos don d se deposita el agua bendita, encajados en la pared, el altar, los escalones de bajada al baptisterio y la propia pila bautismal, el paso de la cual parece haber hundido el pavimento de la capilla donde se aloja.




El pavimento es de terrazo claro dispuesto a 45º respecto del eje mayor.
El metal forma la estructura de soporte de la cubierta, constituyendo todo un bosque muy denso de cerchas. La geometría sinuosa de las paredes de cerramiento obliga a infinidad de piezas especiales. También las hará necesarias la inclinación en planta de las paredes que forman el abanico, dispuestas a 45º respecto del eje mayor, que también será la directriz de la estructura (modificando los planos originales, donde ésta se dispone en abanico). El leitmotiv del metal prima la economía por encima de la mano de obra: un enorme trabajo de adaptación de cerchas especiales, que deja un enorme porcentaje de ellas hechas a medida, afina la estructura hasta dejar en cada punto la dosis mínima de hierro necesario para aguantar esta enorme luz. La mayoría de las cerchas son apenas unos redondos de hierro dulce conformados y soldados en triángulos que aguanten más por geometría que por material.



El efecto de tan poco material distribuido por tanta superficie, formando el plano exterior (el que se ve por dentro de la capilla, vaya) del revestimiento de madera anteriormente descrito es mágico. La luz es de un ocre anaranjado, cálida. Baña todo el interior de una penumbra agradable.




La obra de Fisac se presenta siempre en dos planos divergentes, muy difíciles de separar: por un lado es de una enorme pulcritud geométrica. Por otro, los materiales gobiernan y distorsionan la percepción: finísimas líneas de metal sobre un paramento rugoso de madera. Poderosas jácenas de hormigón planeando sobre un espacio sin ninguna pista sobre cómo se sustenta. Vueltas monolíticas apoyadas sobre paredes enlucidas y pintadas de blanco, hasta casi desaparecer.




La iglesia de Canfranc produce resultados sencillísimos pasando por encima de una serie de decisiones muy complejas, aplanadas hasta el extremo que el edificio no las explica. El resultado final es de una armonía que nos hace sentir como en casa. Como en su casa, allí cerca, acogedora, escondida, recogida, que da domesticidad a uno de los entornos más contradictorios de todo el Pirineo: un valle precioso que contiene los restos de un pasado que nunca fue, que ha dado un presente desangelado, sórdido. Fisac dejó pistas suficientes como para arreglarlo y que, algún día, sus construcciones gobiernen un entorno más decente.

martes, 11 de agosto de 2009

Belchite



Ser arquitecto podría servir para que nada de esto vuelva a suceder. Es un deseo banal, lo sé, e ingenuo: no está en mis manos, ni en las de nadie, pero también está en las de todos. Mi profesión me permite sugerir, organizar. Fijar condiciones iniciales, o modificarlas de vez en cuando para que un lugar determinado, o una suma de ellos, sigan vivos.





Después de los bombardeos, el viejo pueblo de Belchite fue abandonado a su suerte. Algunas ruinas han sido consolidadas, consagradas a la memoria de una infamia suma de varias otras. Quizá no haya terminado todavía.
El pueblo nuevo fue edificado sobre los terrenos de regadío. Sobre la huerta que debería haber dado riqueza. Quizá sea la capital de comarca más desangelada que conozco.
Las ruinas se maclan con las viviendas habitadas, compartiendo una plaza. Silencio, tensión. En el Café Sevillano los hombres y las mujeres siguen sentándose separados.
(escrito en el Café de Levante, en Zaragoza, el 3 de agosto de 2009, a las pocas horas de haber visitado las ruinas de Belchite, trastornado todavía. Se podría decir mucho más, pero espero que las fotos sean suficientemente elocuentes.)























lunes, 10 de agosto de 2009

donde está Wally?



Mira por donde. Si buscas información en Madrid sobre qué edificios visitar, uno de los primeros de la lista será la propia oficina de turismo: en la plaza Colón, justo donde las (famosas) diferencias topográficas entre el paseo de la Castellana, que nace allí, y la calle de Serrano se equilibran, el edificio que la aloja ha sido proyectado por Alvaro Siza. Siempre me han divertido muchísimo las oficinas de turismo, y la actitud culpable de muchos de los que suenen entrar en ellas: la única conclusión lógica sobre esto consistiría en el hecho que es un lugar donde se estandarizan visitas y se enfocan miradas. Mal asunto en un momento en el que todo el mundo quiere sentirse personal e intransferible.
En Madrid se mima mucho al visitante ávido de emociones arquitectónicas, e incluso se ve tratado como una persona inteligente que huye de los últimos tópicos publicados en las revistas de arquitectura internacionales. Así, los visitantes, a la par que son dirigidos al metro ligero para visitar el penúltimo MVRDV allá donde Cristo perdió el gorro y donde Zaera se ha revelado como el mediocre que es, son instruidos en los diversos Moneos, Sotas, Oízas y Fisacs de la ciudad, e invitados a descubrir nombres que hay que amar, tales como Cano Lasso, Bellido, Bellosillo, Fernández Shaw, Asís Cabrero, de la Hoz, Villanueva o Muguruza, entre otros. Me divirtió muchísimo, también, la pregunta prudente: no sé si sabrá usted que aquí donde estamos es un proyecto de Alvaro Siza. Sí, lo sabía. De hecho llevaba veinte minutos sacando fotos, anotando, empapándome de ese ambiente que invita a ser recorrido sin prisas.





El edificio es completamente subterráneo, y su planta aproximadamente la del dibujo: se ha publicado suficientemente como para que quien la quiera conocer tenga un acceso fácil a ella. Se organiza des de los accesos, resueltos todos ellos en granito, con esa elegancia atemporal tan difícil de resolver con que algunos portugueses la trabajan. Siza combina con toda naturalidad trozos de piedra de trescientos kilos con placas tan frágiles que no resistirían su propio peso. Todas las esquinas giran en macizo, y se ve que se ha usado la mejor madera de modular que existe: piezas especiales en los extremos y el resto repartido en trozos bien medidos.
La boca del paseo de la Castellana es la mejor trabajada de todas, y allí Siza desarolla una rampa caballera, es decir, tallada en escalones casi imposibles de ser cruzados de un solo paso. Esto ralentiza la marcha y obliga a fijar la atención sobre el acto de bajar. Los escalones quedan asimetrizados por un canalón de recogida de aguas realizado también en granito, que te acompaña hasta abajo. Estos ingresos largos y en bajada tienen siempre algo de iniciático. Al infierno se entra bajando, dejando atrás los problemas por el camino. Y al Guggenheim de Bilbao, y al memorial Mattausen, y a la basílica de Arantzazu. Siza mismo ha ensayado esta manera de ingresar en muchos edificios: des del Centro de Meteorología de la Villa Olímpica hasta la Fundación Serralves pasando por las piscinas de Leça de Palmeira, donde todo el mundo habla de Wright cuando resultan ser uno de los mejores homenajes jamás construidos a Mies, con una secuencia de acceso muy cercana a la del Pabellón de Barcelona pero bajando tres o cuatro metros justo para encontrar un voladizo de hormigón que, hasta el último momento, queda bajo los pies del visitante. Al edificio de Colón no le hacen falta tantos artificios para decir algo parecido.





La entrada del edificio viene asociada a un patio de agua, un impluvium abierto en medio de la plaza Colón por donde respira todo el conjunto, que usa los accesos como entradas de aire y crea una poderosa corriente que escapa por allí. Los ejes compositivos (uno mayor y uno menor, excéntricos respecto al rectángulo de la planta) quedan convertidos así en ejes de aire, subrayados por esta dinámica de flujos que convierte una composición abstracta en un artificio bioclimático en toda regla, sin conductos ni instalaciones.
Siza hará coincidir el eje principal con el eje menor de la composición, de modo que al final de la rampa el espacio estalla lateralmente: la pared que te ha acompañado no te deja, aumentando la sensación de profundidad. La sensación de túnel queda completamente rota.
Este tipo de composición es propia de la arquitectura barroca, de la que Siza es un profundo admirador: el espacio siempre se dilata lateralmente y hacia arriba, en espiral (la misma que termina en el cielo), y los espacios se suelen enlazar por el eje menor: Bernini en la columnata de San Pedro del Vaticano y Borromini en las pequeñas iglesias de Roma son un buen ejemplo. La arquitectura de Siza se entiende perfectamente mediante un sistema complejo de referencias cruzadas, acumuladas, superpuestas, que permiten una lectura que analice y aísle cada fragmento como parte de una suma de microcosmos que, juntos, forman una entidad cerrada, coherente, autónoma.




eje menor de la Oficina de Turismo. A la derecha, la llegada de la rampa. Al fondo, el eje mayor con la entrada por la calle Génova


El programa de la oficina de Turismo queda inserto en un rincón de la superficie del edificio. El resto es la calle bajando hasta el sótano.
Toda esta manera de proceder funcionaria bien descontextualizada, pero no será este el caso: la oficina de turismo es sólo uno más de los elementos que conforman el eje Colón –Recoletos- Prado, del que Siza se está ocupando actualmente.




la plaza de Colón. Arriba a la izquierda, el cuadrado del impluvium de la oficina de turismo. Cortesía de la oficina de turismo.


Con una amabilidad extrema, la oficina de turismo me permitió el acceso al ejecutivo completo de la intervención, y es gracias a ellos que puedo explicarlo.
Todo el proyecto parece haberse hecho paseando, con pausas cada pocos metros comiendo humo de tubo de escape, usando el mobiliario urbano, quizá dibujando des del Café Gijón.




el nuevo Paseo Recoletos a la altura del Café Gijón


Siza lo proyectó todo convirtiendo los problemas más obvios en arquitectura, vistiendo con elegancia la solución final y amalgamando todo el conjunto para dotarlo de una unidad que podríamos definir como una suma de fragmentos atados por una serie de temas concretos.




ante la Biblioteca Nacional, muy cerca de Colón


Hasta ahora: peatones abandonados a su suerte. El Ministerio de Sanidad o la Fundación Thyssen, o el Banco de España, servidos por unas aceras ridículas, a penas un metro y medio o dos. Los tramos centrales de los paseos patéticamente vallados. La Carrera de San Jerónimo y el Congreso aislados. La propuesta: ampliar aceras. Realizarlas en granito. Controlar y amabilizar los paseos centrales. Bajar parterres a nivel de suelo. Consolidar la presencia del agua, que organiza la nueva plaza de Colón con una rotonda de granito que juega, precisamente, con el impluvium de la oficina de turismo. Rediseñar el mobiliario urbano. Arreglar los accesos a todos los edificios importantes. Todo vestido con unos bellísimos detalles constructivos.




detalles de la fuente en medio de la plaza Colón



Quien me lo explicó resumió la situación en un par de frases. Aquí queda una buena parte del mejor Siza: “el problema de la Carrera de San Jerónimo es que Cervantes está mal puesto. No se le ve! No podemos dejar mal puesto a Cervantes justo ante el Congreso!”




la Carrera de San Jerónimo con Cervantes en su propio eje


Cervantes quedará mirando de frente a los conductores y peatones que suban por la Carrera. Y, como eso es más España que nada, los leones del congreso lo vigilarán, no sea caso que le entren ganas de volver a Alcalá de Henares.

sábado, 1 de agosto de 2009

ellos nunca lo harían

A sus 40 años, Le Corbusier construye en la Weiβenhoffsiedlung de Stuttgart dos (tres, en realidad) viviendas para una exposición de vivienda dirigida por Mies van der Rohe. A parte del mismo Mies, construirán también en ella Lurçat, Behrens, Scharoun y algunos otros arquitectos de Movimiento Moderno pre-International Slyle.
Durante el mismo 1927 (el año de la exposición), la marca de automóviles Mercedes edita en prensa un anuncio consistente en retratar un automóvil suyo delante de una de las viviendas (que en realidad son dos) de le Corbusier: modernidad con modernidad. Clase con clase. Espíritu del tiempo, sin más.




Hacia el año 2000, la Mercedes repite anuncio: un Mercedes último modelo ante la misma vivienda (que en realidad son dos) de Le Corbusier: modernidad con modernidad. Clase con clase. ¿Espíritu del tiempo?
Un día de este verano tomé una foto de este Mercedes, aparcado en una calle cualquiera de una urbanización cualquiera a cinco minutos de la playa. Las prestaciones de este vehículo no tienen nada que ver con las del Mercedes del año 2000. Ya no digamos con el del 27. El coche es cómodo, gasta poco. Sus líneas siguen siendo elegantes. Si diseño ya no está condicionado por el cociente aerodinámico: hace años que quedó fijado por la inutilidad que suponía seguir investigando un tema optimizado.





Dentro no tienes frío en invierno, ni calor en verano. En pocos minutos queda climatizado. La construcción de su chasis es una maravilla: anillos rígidos de acero o fibra de carbono, relativamente indeformables, paralelos al sentido de la marcha, que, en caso de impacto, absorben cantidades de movimiento astronómicas, plegándose los unos sobre los otros mientras dejan el habitáculo relativamente indemne y seguro. Lateralmente, la fuerza del impacto queda distribuida por la estructura como una caja de Faraday contra choques. Capas y capas de airbags. Cristales securizados. Ordenadores. Equipos de música. GPS.
La casa tras el Mercedes tiene algo menos de cuarenta años. Se restauró recientemente, y constituye un caso típico de diseño incremental: sobre su cubierta plana inicial se dispuso una a cuatro aguas. Su revocado inicial a base de cantos rodados y mortero de cal, todo pintado de blanco, ha sido arrancado y substituido por un monocapa color crema. Se han instalado rejas ante las ventanas, y la valla se ha recrecido con paneles de aluminio.
No se han aislado las paredes térmicamente. El algarrobo que había plantado delante, más que centenario, fue arrancado. Las reformas se hicieron en dos o tres paquetes sucesivos, sin ningún proyecto unitario.
Sus propietarios no han comparado jamás la casa y el vehículo. No han evaluado el proyecto, ni pensado en las potencialidades del edificio antes de ser reformado. Cada decisión tomada se ha evaluado independientemente de la anterior, y sin tener en cuenta las que vendrán más tarde. Intentad, por un momento, imaginar un Mercedes diseñado así.
Son obvias las diferencias de duración entre una casa y un coche. Las de mantenimiento. Las de uso, tanto por duración como por intensidad. Pero también es evidente que un vehículo se ha diseñado una sola vez, y se ha ejecutado siguiendo un modelo prefijado que lo llevará a ser un producto acabado y coherente.
Una casa debería de realizarse siguiendo un proyecto unitario. Hasta hace unas décadas se contaba, para hacerlo, con una tradición vivísima que obraba casi como un manual de instrucciones de vida. Ahora ha sido suplida por una convención vacía derivada de una serie de carambolas antropológoeconómicas que dictan como hay que vivir, marcan imposiciones sociales y distorsionan la ocupación de los espacios. Ejemplifico: aparecen zonas de día y zonas de noche. La chimenea atávica se suple por una TV. La altura de los techos viene dictada por una normativa hasta cuando esta no opera, siempre constante, plana, baja. Los propietarios de la casa se quedan sistemáticamente la habitación más grande para marcar jerarquía, incluso cuando hay miembros de la familia que la necesitan más. La disposición de las habitaciones de agua especializa el uso de las más neutras.
La libertad que los ingenieros exhiben hacia estas convenciones es muy alta: el motor y la tracción quedan escogidos en función del peso, del tipo de vehículo. Los espacios de almacenaje oscilan drásticamente de tamaño, y lo mismo el número de ocupantes. La ausencia de prejuicios es envidiable.
En estos tiempos post-todo (y ahora críticos) que nos han tocado vivir, tomar consciencia de estas fotos nos ayuda a posicionarnos. La que he tomado yo es la que tiene el coche más avanzado tecnológicamente. También es la más vulgar: esta lógica que permite aceptar que el último coche es el mejor ha desaparecido a la hora de examinar el fondo de la imagen.