lunes, 28 de septiembre de 2009

Canfranc, estación internacional



En medio de los Pirineos, a unos kilómetros al norte del pueblo de Canfranc, encontramos un edificio imponente, de un estilo ‘pompier’ rancio y elegante, ya desfasado cuando se inauguró. Recientemente un juez (un juez!) autorizó a José Manuel Pérez Latorre a cambiar las tejas de pizarra de su cubierta por otras de zinc. Chocante: una ruina con tejado nuevo, el metal reluciente todavía.





El edificio fue inaugurado en 1928 por Alfonso XIII como la Estación Internacional de Canfranc. Su historia es alucinante: equidistante de Zaragoza y Toulouse, el lugar se había de convertir en un tercer Irún o Portbou, un lugar de intercambio entre España y Francia que valorizase esos parajes deprimidos, olvidados. Franco y la Segunda Guerra Mundial se encargaron del fracaso de la operación.
El calentón inicial pasó rápido, y la decadencia absoluta llegó en 1970, cuando un mercancías francés descarriló, y jamás se repararon las vías dañadas. La Estación Internacional quedó convertida en una estación de término que sólo recibía un tren al día. Este continúa siendo el panorama actual.





El lugar se ha debatido intensamente. La estación ha sido objeto de al menos un importantísimo concurso internacional, un fracaso estrepitoso. Actualmente, el edificio pasa entre los arquitectos Ezequiel Usón y el ya citado José Manuel Pérez Latorre como una pelota de ping-pong. Este último quería alterarlo completamente, y de ahí la decisión judicial que.
La estructura portante del edificio es muy interesante, por bastarda: muros portantes, pilares de fundición, forjados de metal, cerámica, hormigón. Las cubiertas originales eran de madera laminada, unas de las primera que conozco a nivel europeo. Espero que Pérez Latorre las haya respetado.
La forma del edificio es muy clásica: tres villas paladianas unidas por dos alas. Como el Prado. Como la Aduana de Barcelona. Como el palacio de Buckingham. Por delante, una galería corrida forma el porcue de acceso a los trenes, con unas elegantísimas columnas de fundición. La forma es una respuesta a los diferentes anchos de vía enfrentados: el tren francés llegaba y aparcaba ante el español. La estación tenía la medida de los dos enfrentados. Los viajeros pasaban de un tren al otro por el porche, usando los servicios de la estación en el interludio. La estación se decoró con diversos estilos de moda, ya decadentes en la época, que convergían en un pre-déco-que-en-realidad-era-post muy interesante.





El edificio podría estar en el centro de cualquier ciudad importante, o situado en un llano eterno de esos tan europeos, o rodeada de palmeras en el trópico, y seguiría funcionando con la misma eficacia. Fracasada la aventura de la Estación Internacional, siguió siendo una estación igualmente eficaz. Se habla de reconvertirla en hotel de lujo cuando, finalmente, arranque de una manera decisiva la explotación de la zona.





El edificio sigue aguantándolo todo: cambios de uso, de las condiciones del entorno. Visitas de saqueadores, trenes abandonados en todo su alrededor, y siempre con la misma dignidad.
El Movimiento Moderno nació, precisamente, como una crítica a este tipo de arquitectura por no ser capaz, explicaban sus fundadores, de comportarse exactamente como este edificio se comporta. Más allá de unos planteamientos estilísticos que puedan parecernos más o menos atractivos, tendríamos que darnos cuenta que los planteamientos éticos del proyecto, que son los mismos del Movimiento, y los comparte buena parte de la arquitectura precedente. Este conocimiento nos hará mucho más libres a la hora de proyectar y de saber apreciar lo que nos ha hecho grandes. Quizá sería hora de ir dándonos cuenta que hemos subestimado este padre que queríamos matar.



domingo, 6 de septiembre de 2009

curricula en comic sans

Aprendí informática en la escuela primaria, a mediados de los 80, con antiguos IBM del 77, el primer modelo de ordenador personal comercializado. No tenían disco duro. Su RAM era de 64 kb, y estaban programados en BASIC. Monitores de fósforo verde. Estos ordenadores tenían una única fuente de letra, que los programadores juzgaron adecuada. Ocupaba poca memoria y era legible. Se podría decir que era una fuente “esencial” de no estar esta palabra tan devaluada.
Actualmente escribo des de un Imac. Bien. De hecho, paso a limpio los artículos que escribo a mano, de café con leche en café con leche, en algún bar de mañanas. El Imac tiene doble sistema operativo y unos procesadores y editores de texto donde no puedo contar las fuentes de letra que hay. Páginas web especializadas tienen miles más, casi todas gratis. A parte, los programas permiten variar la configuración de cada fuente: su interlineado, su inclinación, la proporción vertical y horizontal, la intensidad del carácter. El ordenador procesa todos estos datos indiferentemente de la fuente de letra en que esté programado. La “esencia” ha desaparecido completamente. Por tanto, la elección del tipo de letra se ha convertido en algo exclusivamente cultural. De esta elección dependen, en parte, el carácter del texto, incluso buena parte del mensaje. Para algunos selectores de personal, un currilucum escrito en comic sans hará que estos documentos acaben en la papelera sin ni tan sólo haber sido leídos.

En la arquitectura está pasando, actualmente, una cosa parecida. Muchos arquitectos han sido formados bajo los postulados de la arquitectura de los años 50 del siglo XX: inmediata postguerra, depresión económica, toda la industria destinada al aparato bélico, demanda masiva de edificios, medios de expresión basados en la construcción más que en las formas platónicas a las que se había tendido en los años 30.
Actualmente, por mucho que (o gracias a que) estemos en otra crisis económica, el mundo de la construcción ofrece un repertorio de soluciones y formas estandarizadas casi de ciencia ficción. Las cubiertas planas (frías y calientes) están perfectamente resueltas, hasta la horizontalidad perfecta. Las inclinadas, en cualquier tipo de material, igual. Y más: se puede inclinar una cubierta plana (evitando el problema del deslizamiento por fusión de la tela impermeable, que dejaría la lima tesa desprotegida) y aplanar una cubierta inclinada. Mi proyecto final de carrera, corregido, por alguien tan experto en construcción como Josep Ignasi Llorens, tenía muchos metros cuadrados de cubierta inclinada al 0% de pendiente. Y funcionaba.
Las fachadas, por fin, pueden ser totalmente planas. Las ventanas pueden estar dispuestas en cualquier punto del plano de fachada. Incluso fuera de él, desplomadas. Y sólo hace falta conectarse a las webs de Escofet o Mago para conocer las infinitas posibilidades del hormigón armado. O admirar a Fisac, claro.
Con todo esto, los arquitectos somos ahora historicistas por definición. Excepto, claro, si optamos (siempre arbitrariamente) por una solución que lleve al límite algunos de los componentes del edificio. Un buen ejemplo serían los voladizos poderosos de la biblioteca de Seattle, de OMA y Rem Koolhaas, donde la estructura se lleva tan al extremo que tiene pocos modos más de ser realizada. De no ser por casos como estos, los edificios son como son por una serie de decisiones encadenadas, que toman sentido únicamente apoyadas en la anterior, pero ninguna de ellas objetiva ni necesaria.
Discursos como el del doctor Helio Piñón, cargados de combatividad y de radicalidad, tienen sentido sólo des de un punto de vista reduccionista y muy elitista: para él, la arquitectura queda reducida a un juego platónico de relaciones formales y visuales, muy potentes y poéticas, basadas en un determinado tipo de construcción y en los postulados del racionalismo: cubiertas planas, ventanas con oberturas de techo a suelo practicadas de forjado a forjado. Las ventanas- agujero en el muro quedean descartadas. Las cubiertas inclinadas también, así como cualquier curva o geometría reglada. Este discurso le ha servido para ser un muy buen arquitecto, de obra coherente y bella, con momentos poéticos importantes. Aún así, historicista.
Un caso paradigmático de lo que puede ser la arquitectura estrictamente contemporánea, y de cómo esta se convierte en la representación de la construcción guiada por la mente de unos arquitectos casi demasiado libres, es el hotel Puerta de América, en Madrid.
Este hotel tiene una carcasa (estructura y fachadas) realizada por Jean Nouvel. Sus fachadas son opacas, una membrana multicolor con ventanas corridas y para soles separados de la fachada. Serigrafías de versos en diferentes idiomas pretenden unificarla. Es simétrica, con un eje de simetría formado por los detrases de las puertas de unos ascensores en fachada.
Cada planta es de un arquitecto diferente. En las superiores, el propio Nouvel se encargó de las suites (cristales translúcidos sobre fondo negro, serigrafías de geighas, vértigo, grandes visuales). Foster también participó, forrando de cuero blanco los pasillos en un prentendido homenaje a Chillida que le quedo más o menos bien. Como proyecto de arquitectura, no como homenaje. Chipperfield reinterpretó los doseles de las camas. Zaha Hadid creó sus típicas formas curvas a base de resina solidificada. Mariscal aportó sus caligrafías. Vittorio & Lucchino, el diseño de unos cubrecamas en una planta insubstancial. En la planta baja, John Pawson hizo la recepción. La recuerdo de ir a hacer un café en el bar de no sé qué finlandés, con una barra de mármol monolítica presidiendo un espacio absurdo): un espacio sereno, tranquilo. Wcs de resina, tan abstractos que parecían no haber sido diseñados. Madera en un mueble curvo para la recepción. Techos blancos. Un pavimento de hormigón pulido elegantísimo, todo contrastado de una manera tan violenta con las fachadas de Nouvel, allí perfectamente visibles, que evidencia, claramente que nada de lo que pasa es necesario.
Al lado, otro edificio con idea principal arbitraria, contingente, vigila el hotel: son las “Torres Blancas”, de Sáenz de Oíza, que espera el estreno de “The Limits of Control”, de Jim Jarmusch, el homenaje definitivo a uno de los mejores edificios de todo el siglo XX.
Las primeras decisiones de proyecto son, pues, arbitrarias, ya sea porque se ha optado por un ángulo de 90º únicamente, o por un determinado sistema estructural, o por divorciar construcción y estructura. Etcétera. La única norma para moverse en medio de todo esto es la coherencia. La consecuencia. Y, obviamente, la calidad del producto final. El no dejar, jamás, de formase. El no perder el norte, no la integridad. El saber, siempre, dónde estamps. Y una cierta dosis de desvergüenza, la justa para ir tonteando ocasionalmente con el miedo al ridículo o al fracaso.