martes, 20 de julio de 2010

Nueve de cada diez dentistas recomiendan chicles sin azúcar

Uno de los primeros edificios acabados por el estudio EMBT sin la intervención de Enric Miralles, muerto hace diez años justos, fueron las viviendas promovidas por el Incasòl en Figueres que presento en este artículo.


Recuerdo con interés una de las primeras propuestas de concurso que el estudio Miralles-Pinós realizó en los últimos 80, recogida en su monografía publicada por Electa. Consistía en una de las únicas propuestas de vivienda para el Incasòl realizadas por el estudio. El solar estaba en Sants, cerca de la Plaza de Sants, al lado de la enorme biblioteca que más tarde se construiría.

Bach y Mora ganaron con una propuesta que alineaba a dos calles un bloque de unos doce metros con un patio de manzana convencional separado de la calle por una valla sin otro sentido urbano que el de delimitar una propiedad, creando un espacio no se sabe si semipúblico o semiprivado sin ningún uso. Un pandemónium organizando cortando el bloque entregaba el conjunto al testero.

Contrariamente, Miralles-Pinós proponían una distribución en peine, como una especie de F ultragótica e irregular, con un punto de esquizofrenia. Con ella se prescindía del espacio libre privado, y una serie de placitas públicas multiplicaban por n el perímetro de fachada y ampliaban la calle. Tras todo eso, la doble intención de hacer ciudad aprovechando la superficie del patio interior de manzana, la de mejorar las viviendas relacionándolas de otro modo con la calle, y una doble crítica tanto al patio interior de manzana cerrado como a la respuesta que a ello daba el Movimiento Moderno, promiscua, que abre visuales sólo comprensibles des de la lógica calvinista de un “nada a esconder” ni entendido ni compartido por nuestra cultura.

Miralles-Pinós fragmentaban el espacio público en pequeños patios abiertos (recuerdo la pasión que Miralles nos transmitía por los hoff alemanes y austríacos en la escuela), más a la escala tanto de nuestro clima mediterráneo como de una pequeña comunidad de vecinos más controlable.

Este edificio, convenientemente transformado y evolucionado, es el que Benedetta Tagliabue construirá en Figueres.

La situación urbana ha cambiado. Y el clima. Su método constructivo no está tan lejos del que hubiese podido tener el edificio de finales de los 80 de haberse construido: obra in situ, construcción húmeda, cámaras de aire ventiladas, acabados pobres tirando a toscos (brillantemente controlados, por cierto) y poco más. Quizá ahora se use más el postesado insitu de las jácenas de canto de hormigón que permiten voladizos a mucha distancia del suelo, y quizá sea porque hay más demanda en la actualidad que no por la novedad técnica: Rafael Moneo, recientemente, cedía en una conferencia a la que asistí que la arquitectura ha perdido definitivamente la vanguardia tecnológica.

El edificio está emplazado en una parcela curiosa resultante de la entrega de un pedazo de corona circular contra la intersección de dos calles rectas por su parte exterior. La circunferencia inscrita en la corona circular forma una plaza interior peatonalizada por la que respiran el resto de los edificios que construyen dicha corona.

Así pues, el edificio forma parte de una plaza circular en todo el resto del perímetro. Tagliabue no aceptará esta geometría y pondrá al servicio de la plaza el modo de trabajar un tanto autocontemplativo, tendiente casi al edificio tipo, de su estudio, disponiendo un edificio muy complejo que circuita la parcela en zigzag creando en su interior espacios más controlados, y disponiendo una espalda contra la calle principal, convertida ahora en un detrás.

El resultado final es de una tranquilidad sorprendente. Es decir, un edificio aparentemente aparatoso, de volumetría difícil, casi torturada, actúa como un destensor de un espacio que, de verse construido completamente según el planeamiento, resultaría simultáneamente de una tensión fascistoide y de una mediocridad insultante por el sólo hecho de estar formado de edificios todos ellos diferentes pero unitariamente compuestos a base de una banalidad átona, monocorde. La plaza escapará, precisamente, por el edificio que estudio.

Benedetta Tagliabue realiza, en estas viviendas, un canto a la complejidad. Hacer muchas cosas. Procurar hacerlas casi todas bien: acumular secuencias espaciales, usar fragmentos de otras arquitecturas empalmadas sin entrega, usar piezas de dimensiones diferentes ordenadas de un modo casi fractal. Esto termina haciendo avanzar el edificio un paso más respecto a otras obras inmediatamente acabadas y lo transporta de la colonización al habitar por el sólo hecho de haber sido vivido, explicado, construido mil veces antes.

El resultado se incorpora más por dulzura, por amabilidad, por control, que por portencia. Tagliabue consigue, aquí, construir como habla: dulce y valientemente a la vez. Hasta la enorme potencia de los voladizos queda subordinada a esto.

El edificio es de color blanco. Inscrito en una parcela larga y relativamente estrecha, con sólo planta baja y tres alturas, tiende a la horizontalidad. Tagliabue trabaja la lógica del fragmento, del edificio nunca percibido des de la globalidad. Trabaja con la ilusión de un edificio variado en sección, con diversas cotas de planta baja y diversas cotas de coronación. Pero tiene lo que tiene: un solar casi plano con planta baja y tres alturas. Y, no obstante, conseguirá exactamente lo que quiere: un edificio de volumetría compleja, a la manera de un pequeño pueblo, con sus formas variables unidas por un mismo vocabulario de fachada y por un mismo lenguaje a la escala de la plaza, huyendo de la ventana banal producto de una normativa y de una escala de habitación siempre insuficiente, triste.

El método es sencillo: los retranqueos del edificio se disparan en ángulos extraños des del cuerpo que le sirve de espalda, alineado con la calle principal. Perspectivas siempre cambiantes, cuerpos de escalas diferentes, quedan interpuestos constantemente a nuestras visuales. Por si ello fuera poco, fragmentos del edificio no suben tres alturas sino dos, creando una ilusión de alejamiento muy barroca. Y más: la planta baja se vacía allí donde es posible. Y la primera. Y, ocasionalmente, la segunda. Es decir, el edificio tiene mucho aire en su interior. En algún punto, incluso un único fragmento de planta segunda, sin nada por encima ni por abajo, sin tan sólo estructura (queda sujetado en voladizo de un único pilar), controlará la plaza como una especie de proa.

No es extraño que los juegos, que el habitar, que el estar de la plaza circular queden organizados des del sí del edificio, desde sus pilotes, desde sus locales comerciales ubicados muchos metros en el interior de la parcela.

No contenta con esto, Tagliabue dispone unas viviendas muy pequeñas servidas por pasarelas, que, a manera de pequeñas calles, puntean y disponen visuales en y desde el interior del edificio. Estas pasarelas constituirán los únicos fragmentos de fachada diferenciados del tratamiento unitario del edificio, y hablaré sobre ellas más adelante. El bajo de los voladizos formará, también, una quinta fachada del edificio.

Los planos de las pasarelas jugarán con las otras fachadas en ángulos oblicuos muy potentes, agudos en su mayor parte, muy propios del estudio y tan bien controlados como el resto del catálogo de que son deudores: la capilla del cementerio de Igualada, los voladizos del Gas Natural y del Parlamento de Escocia, los espacios interiores de la casa Garau-Agustí (que ha cambiado recientemente de amo y ya no se llama así, pero sigue estando, afortunadamente, muy bien conservada).

Un enorme agujero a la escala de la vivienda, realizado con enormes carpinterías de aluminio anodizado color plata, en bruto, que soportan un enorme paño de cristal proyectado fuera del plano de fachada, formado por una pared maciza de ladrillo revestido de un revoco de color blanco vivo, se va repitiendo por toda la fachada creando la extraña sensación que el resto de fachadas del barrio han quedado completamente fuera de juego comparadas con ésta. Tan sólo una crítica: pocos filtros, muy pocos filtros. Falta una buena persiana exterior. Faltan cortinas decentes, espacios intermedios, y temo que no todo es por culpa del promotor. Parece como si, una vez definida la proporción y el despiece de esta carpintería, el resto hubiese quedado descuidado, cuando en el estudio sobra talento para solucionarlo.

El resultado es que muchas viviendas presentan muebles contra las ventanas, cortinas burdas, incluso papeles de periódico forrando la parte del cristal que no se ha querido transparente. Allí donde la vivienda está correctamente amueblada o donde todavía no se ha ocupado se aprecia una distribución interior rica e interesante. Hay tres factores que pueden explicar el relativo fracaso de esta relación con el exterior: (*) el primero de ellos ya está dicho, y lo constituye la falta de filtros. El segundo es una reflexión paralela al primero. Quizá este clima necesite huecos más pequeños… a no ser que estén controlados por (da capo). El tercero es cultural. El Movimiento Moderno y sus grandes ventanales vienen de una cultura ajena a la nuestra, y, aparte, sin demasiados referentes en nuestro país. Tampoco los tienen los pisos de 40m2, ni las pasarelas. Nuestra manera de vivir ha cambiado, y la ocupación de las viviendas y tantas otras cosas. Parece que esto se ha entendido bien… pero que esta comprensión no ha llegado, todavía, a la manera de relacionarnos, de entender, de usar las fachadas de los edificios.

Enric Miralles proyectaba como fotografiaba. Sus obras son un collage de referencias cruzadas, riquísimo, complejo, excepcional por su variedad. Le Corbusier, Aalto y la arquitectura nórdica, Austria y Hoffmann, Loos, Olbrich, Schindler conectando con Amèrica. El modernismo catalán y Gaudí, Jujol, Domènech. Chile y la Ciudad Abierta. Adler, Sullivan, Wright, Saarinen. Tusquets, Moneo, Siza, Utzon. Incluso Villanueva y los neoclásicos, incluso la arquitectura popular ibicenca, o la alemana realizada con adobe, o la escocesa que recicla barcos como viviendas.

Benedetta Tagliabue, mujer culta, refinada y muy influenciada tras haber trabajado años al lado del genio, proyecta igual, pero a estas referencias se ha de añadir una, la principal: el propio Enric Miralles. Muchas referencias aparecen filtradas por esta, como un amplificador, como un amigo que ha conocido de primera mano a los maestros. Su carrera es, y será probablemente, más irregular por esto, pero tendrá momentos excepcionales cuando todo este magma sobre el que se asienta encaje sin fisuras.

En Figueres, la fachada de las pasarelas está copiada, literalmente fusilada, de la fachada posterior de la casa Batlló de Gaudí (perfectamente visible des del acceso de mercancías del Servicio Estación de la calle Aragó, por cierto). Y está muy bien copiada. Brillantemente copiada. Esta copia, sensible, afortunada, de esas barandillas controlando unas pasarelas de acceso a las viviendas, un conjunto que forma, aquí sí, una fachada gruesa, rica, compleja, con la cara exterior de acero, la interior de hormigón, de ladrillo, de madera buena, punteada con pequeñas ventanas que deben ventilar la cocina o algún baño, es uno de los mejores momentos del edificio. Lo revienta unos cuantos metros al interior. Abre relaciones. Deja ventilar bien las fachadas opuestas de las viviendas. Da visuales, es usada por los vecinos, que circulan sin prisa. Muestra la capacidad de la arquitecta para incorporar otros fragmentos como un collage, como un cuerpo extraño bien digerido, bien incorporado desde la complejidad, y forma un ejemplo brillante de la manera de proyectar del estudio y de la capacidad de Tagliabue para darnos alegrías en un futuro próximo.

En su última entrevista a “el Croquis”, un Enric Miralles moribundo insistía en su pasión por los situacionistas franceses y, a modo de testamento vital, recomendaba el libro de Géorges Pérec “la vida, instrucciones de uso”, que había leído en ese momento y que visito a menudo. Como inciso iré que, ni no lo habéis leído, probablemente lo tengáis incorporado en vuestro ADN en forma de su adaptación cinematográfica inconfesada: “Le fabuleux destin d’Amélie Poulain”, de Jean-Pierre Jeunet. “Amélie”, vaya.

Resulta bonito ver como este modo de entender la vida puede pasar de una manera tan inmediata a la arquitectura.

jueves, 8 de julio de 2010

Niños de todas las edades


El campus. Foto: Félix Arranz/SCALAE

Des del pasado mes de abril, gracias a la generosidad y el interés de Félix Arranz, escribo semanalmente en la web scalae.net. Félix, director de la Escuela de Arquitectura de Zaragoza de la Universidad de San Jorge, autor de la estación del AVE de las Delicias en Zaragoza junto con Carlos Ferrater, es un personaje central en las webs de arquitectura españolas: pionero de las revistas digitales con su WAM, permanentemente rodeado de gente interesante, entusiasta, de ingenio rápido y siempre de buen humor, es a la vez suficientemente descerebrado como para haber confiado en mí. No contento con esto, decidió invitarme al Campus de Ultzama 2010, organizado por la Fundación Arquitectura y Sociedad, dirigida por José Tono Martínez, y emplazada en casa de su fundador, Patxi Mangado, o, más concretamente, en el centro hípico Zenotz, al lado de Ultzama, montado en homenaje a su hija, una prestigiosa domadora de doma clásica que se entrena allí.

Félix Arranz. Foto: Miguel de Guzmán./ imagensubliminal.com

Durante tres días, unas treinta personas (veinte arquitectos más o menos de mi edad, los llamados “próximos”, los patronos de la Fundación, unos pocos arquitectos de más edad y una serie de representantes de diversos medios de comunicación entre los que me vi emplazado, repartiendo esfuerzos entre la cobertura del acto y su organización) se dedicaron a beber cantidades industriales de café y bebidas espirituosas varias destiladas y fermentadas, punteadas con una cierta cantidad de comida, no fuera que el nivel de euforia subiese demasiado o demasiado pronto, mientras explicábamos qué hacemos y qué nos interesa entre intercambios de teléfono, mails y direcciones para seguir profundizando en un futuro.

Patxi Mangado, Feliz. Foto: Miguel de Guzmán/ imagensubliminal.com

Patxi mangado nos seguía des de su sofá favorito, armado de un matamoscas, atento, y Félix, reloj en mano, concedía prórrogas a los quince minutos de exposición que tenía cada uno de nosotros cada vez que algo interesante se alargaba. Es decir, siempre, exceptuando excepciones. Una excepción, de hecho.

La estructura del Campus es la de un intercambio de conocimiento de gente afín, de maneras de entender, de vivir o de explicar la arquitectura, certificando experiencias previas que definen y configuran buena parte de lo que es el presente. Y que, muchas de ellas, continúan. Que se solapan, maclan, complementan, yuxtaponen y contraponen de modo constructivo con lo que están trabajando los arquitectos que empiezan. Y queda claro que éstos son arquitectos muy preparados que se abren camino literalmente donde y cuando pueden. Están dispuestos a agruparse, siempre con la Red y la tecnología como altavoces. Esta manera de comunicarse, el elevado número de arquitectos existentes (más que nunca, exponencialmente más que nunca), el cambio de paradigma de los estudios de toda la vida, que han saltado, también, de escala el número de colaboradores y los expedientes de los proyectos, más el posibilismo, el sentido de la oportunidad, las ganas de hacer cosas, han llevado a una expansión, a una transformación, a una apetencia por el trabajo en red que nos identifica. Lo que empezó siendo una necesidad se está convirtiendo en identidad. Tenemos poquísima confianza en los medios tradicionales de hacer y compartir arquitectura. Un porcentaje significativo de los proyectos presentados en el Campus son ilegales des del punto de vista normativo. Se han presentado proyectos públicos no visados. Al menos uno de los edificios presentados ha sido derribado parcialmente. Uno de ellos presenta una tipología lógica des del punto de vista del usuario (un piso de 40m2 en planta explotado hasta los 60-70m2 útiles) que condena la vivienda, bien hecha, de calidad, con una relación con la calle muy mejorada respecto a lo que la normativa imponía, a una laguna legal que le va a impedir optar a una cédula de habitabilidad. No se podrá legalizar nunca. Y qué? Otra incumple completamente la normativa de accesibilidad, teniendo en cuenta que su emplazamiento es un pequeño pueblo gallego por donde resulta completamente imposible desplazarse en silla de ruedas.

Quintáns y su casa gallega. Foto: Jaume Prat

José Yuste exponiendo. Foto: Jaume Prat

Tras todo esto hay la voluntad de reivindicación de la profesión mucho más allá de la voluntad de construir, des del papel de la persona (o, mejor dicho, del equipo) que resuelve problemas y los explica, que implica a sus usuarios finales y pone las condiciones necesarias para usar el espacio como se necesita y no como se impone, y porque esta relación haga ciudad a través de los filtros de la fachada, a través de la jerarquía de los diversos espacios comunes semiprivados, semipúblicos y públicos.

César Ruiz-Larrea siguiéndolo todo. Foto: Jaume Prat

Ariadna Cantís, de espaldas. José María Sánchez, Eva Morales (la Panadería), Montse Arnau (FAD), Eva Luque (los del Desierto), con boli rojo y, al final, María Langarita (Langarita + Navarro) Foto: Jaume Prat

Jaume Prat + José Manuel Toral + Llàtzer Moix. Foto: Miguel de Guzmán/ imagensubliminal.com

Observé una cierta voluntad de producir teoría voluntariosamente, a menudo con más corazón que cabeza. Curioso: se atiende más a los tratados y libros de historia que a las generaciones precedentes, y eso abre un cierto vacío generacional, y no se trata tanto de relaciones de maestrazgo como de compartir problemas y vivencias de un modo casi especular. En fin, muchas veces creemos que nuestros padres escuchan a Perales cuando resulta que habían fundado un grupo de punk a sus veinte años. Las pretensiones teóricas son importantes no tanto por su valor intelectual (lo acabarán teniendo) como por lo que tienen de caldo de cultivo y por el sentimiento de identidad que crean. Por las ganas de crear generación. También por su valor instrumental: con ella producen, expanden los límites de la profesión y maduran el abasto de unos manifiestos que están destinados a contradecir a corto plazo, víctimas tanto de la realidad de la profesión como de su propio talento, que los llevará a no encasillarse dentro de estos límites autoimpuestos.

Foto: Félix Arranz/SCALAE

El segundo día de campus hicimos una visita a la fundación Oteiza, no lejos del lugar. Nos la explicaron con cariño, con atención, combinando edificio con obra, Oteiza con Sáenz de Oíza, datos biográficos con críticas artísticas. Finalmente, la terraza (espacio, por cierto, ilegal y, por tanto, no visitable: obviamente uno de los más bonitos de todo el edificio): todo el valle a nuestros pies, y, no lejos, una urbanización reciente de viviendas unifamiliares que había estropeado todo el entorno próximo, la relación de la fundación con el campo, con el paisaje, extensiva, fea a pesar de no estar tan mal hecha como su vecina de la izquierda o esa otra quinientos metros al sur, o como ese polígono industrial del desvío. Allí estábamos: arquitectos discutiendo con arquitectos, antropólogos, periodistas culturales, filósofos. Encerrados en museos, dentro de un recinto fabuloso, reconociéndonos entre nosotros, discutiendo cordialmente y dándonos cuenta que nuestras opiniones y discrepancias nos unen, mientras, fuera, quedan una enorme tarea a hacer, pedagógica, de organización de espacios ya construidos, de conexión, de relación de una realidad que, sin darnos cuenta, nos adelantó para imponerse en toda su crudeza. Tenemos trabajo.

Foto: José Yuste/ Arquitectura Viva