jueves, 23 de diciembre de 2010

“Venimos de lo obsceno y vamos hacia lo macabro”: 10 libros que vale la pena leer.


-Bouvard y Pécuchet (Gustave Flaubert. Ed. DeBolsillo)

     Es el libro más complejo de Flaubert, y en el que estuvo trabajando más tiempo: en los inicios de su carrera ya hablaba de él, y estuvo escribiéndolo y reescribiéndolo hasta el final de su vida; lo dejó inacabado. Lo que hay: dos oficinistas parisienses se jubilan a los cincuenta años, compran una finca y se dedican a toda una serie de disciplinas que, hasta el momento, les han sido completamente ajenas: de la filosofía a la botánica, arquitectura, interpretación, literatura, religión. Se enamoran y desenamoran. Se pelean y despelean con los vecinos, su vida no deja indiferente a nadie. Tanto su actitud como su obstinación nos hablan de la estupidez humana. Del inconformismo vacío. Del sentido de la vida cuando sientes que no la has vivido.
     El libro es una sátira cruel que, más que hacer pensar, va directo al centro de las emociones y nos rebela contra la vacuidad de algunas existencias. El libro es famoso, también, por ser una de las principales influencias de En Busca del Tiempo Perdido, de Proust, y del Ulysses, de Joyce. 

-Milenio Carvalho (Manuel Vázquez Montalbán, ed. Planeta)

     Vázquez Montalbán siempre había querido celebrar los veinticinco años de Pepe Carvalho haciéndole dar la vuelta al mundo. Éste es el libro donde sucede, y, casualmente (o causalmente) el testamento de Pepe Carvalho, un hombre roto después del episodio anterior de la serie, el Hombre de mi Vida. Que Carvalho y su Biscuter den la vuelta al mundo es un gesto estúpido. Tanto que, de hecho, Vázquez Montalbán decidió convertirlos, para la ocasión, en Bouvard y Pécuchet. El gesto es absurdo. La actitud es absurda. Lo que ven es absurdo. Y esta absurdidad es vivida por ellos des del punto de vista de un observador neutro, imparcial, alejado de todo. Su presencia no influye. No cambia. Tampoco aprenderán gran cosa. Mientras tanto, su relación se define, se complejifica, se transforma y hasta se llega, por momentos, a invertir.
     Carvalho es, junto con Holmes y Marlowe, mi detective privado favorito. Su serie es la más arriesgada literariamente de todas. Conan Doyle era un escritor de oficio, eficaz, sobrio, con un estilo que rallaba el folletín sin llegar a caer en él. Marlowe es el escritor de la economía: expeditivo, rápido, directo como un puñetazo. En su literatura no sobra nada, y es, precisamente, esta crudeza lo que la transforma en literatura. En alta literatura. Emociona imaginarlo ante la máquina de escribir (leed Houellebecq para saber más de la relación entre la máquina de escribir y la literatura) escribiendo Adiós, Nena, mientras su mujer agonizaba, sublimando su dolor, abstrayéndolo y, de un modo sutilísimo, convirtiendo el libro en un tiernísimo acto de amor hacia ella: sólo hace falta leer el título. Su mejor novela, por cierto. Vázquez Montalbán es otra cosa: escritor excepcionalmente dotado (según Sergi Pàmies, un poeta que, eventualmente, hacía prosa), de un estilo sobrio y económico que desborda un virtuosismo controlado que lo convierte en barroco no tanto por intención como poque, sencillamente, podía. Su saga tiene dos tipos de libros: experimentos literarios (como el primer libro de la serie, Yo Maté a Kennedy, adscrito a lo que él bautizó como “novelas subnormales”) y novelas negras al uso, de calidad extraordinaria, que, además, radiografían la historia local desde la muerte de Franco hasta prácticamente hoy en día. Milenio es un colofón digno, circunstancial (por la muerte repentina del escritor), triste, que deja en suspenso la saga y la emparenta, sólo con este gesto, con el Bouvard y Pécuchet tan querido por el escritor.

-Las Benévolas (Jonathan Littell, ed. Farsalia)

     Johathan Littell es un escritor joven formado en Nueva York, residente en Barcelona, con el francés como lengua vehicular. Esta es su segunda novela (no he conseguido todavía encontrar la primera: cuando lo haga la devoro). Aviso: este libro es excepcionalmente duro. La trama: la crónica, la historia, de un coronel de las SS refugiado en Francia, donde vive y prospera escondido, con una impunidad total, que jamás se ha arrepentido de lo que haya hecho. No luchó en primera línea: es un burócrata de salón, un gestor que sólo se ha dedicado a una cosa en toda la contienda: el exterminio de personas. Limpiezas étnicas. Asesinato de masas. Todo trabajado y descrito con tranquilidad, con tono de quien habla de su oficio haciendo una cervecita después de salir del trabajo, apoyado tranquilamente en la barra de un bar.
     El protagonista sabe que se ha salvado por los pelos. Su sensación es más de prórroga que de alivio, y vive como un parásito el tiempo que el queda. Trabaja. Prospera. Se casa. Tiene hijos. Los educa. Todo le resbala mientras está submergido en un nihilismo total y absoluto. Sólo reacciona cuando recuerda, con nostalgia, sus días de burócrata asesino de masas. Su vida persona está completamente submergida en la hipocresía: homosexual en un momento y unas circunstancias en que no podía ser contado, misántropo, egoísta hasta límites desesperados. El libro constituye una reflexión descarnada, difícil, dolorosa, sobre la existencia humana, sobre la realización, sobre el sentido de la vida. Su estilo de escritura es virtuosos, maduro, muy alejado de lo que se esperaría de un segundo libro. Es larguísimo: casi mil páginas de descripciones minuciosas, casi científicas. No tiene suficiente explicando los crímenes: te los hace vivir casi en tiempo real y con cámara subjetiva, y llegas a saber perfectamente qué se siente alguien que acerca una lüger a la nuca de una persona arrodillada en el suelo completamente desarmada y aprieta el gatillo. Estremecedor. Obsceno. Y, simultáneamente, sublime. 

-Poderes Terrenales (Anthony Burgess, ElAleph Editores)

     Quizá la mejor novela de este maestro, conocido sobretodo por una de sus primeras novelas: La Naranja Mecánica, título, por cierto, maltraducido: el original, A Clockwork Orange, es más, bien, Una Naranja de Relojería, llevada al cine en versión censurada por Stanley Kubrick. Burgess: literato central del siglo XX y una de las personas más políglotas de las que se tiene noticia: inglés, francés, alemán, italiano, castellano, ruso, chino, japonés y yo qué sé cuántos idiomas más. Llegó a unventar uno, incluso: el que hablaban los cavernícolas de la versión cinematográfica que Jean-Jaques Annaud filmó de En Busca del Fuego, extraordinaria novela del escritor francés Rosny. Burgess: músico. Pintor. Creador de novelas excepcionales. Todo lo que he leído de él excele. Poderes Terrenales sea, quizá, con permiso de La Naranja… mi libro favorito de cuantos escribió. Es una novela tardía, de, una vez más, casi mil páginas, escrita sobre 1980. La trama: un escritor semijubilado, homosexual militante, millonario bohemio, que vive exiliado de su Gran Bretaña natal (personaje inspirado, al parecer, en Somerset Vaughan), es rogado para intervenir como testimonio de un milagro en el proceso de beatificación del último Papa, recién muerto. Antes que lo fuese eran amigos. Después se distanciaron. El final, inesperado, da, en tres páginas, la vuelta a las otras novecientas noventa y siete.
     Burgess escribe como un virtuoso que no quiere serlo. Exige al lector, se rie de él, le da a vivir viajes iniciáticos que no llevan a ningún lugar, lo estimula, lo tortura, lo mima, juega con él. Burgess. El viejo cabrón travieso. Burgess. El que no quiso el Nobel. Burgess: conocerlo es quererlo. Y crea adicción.

-Incierta Gloria (Joan Sales, ed.Planeta, versión castellana de Carles Pujol)

     La gran novela catalana sobre la Guerra Civil. Y, obviamente, una de las novelas fundamentales sobre la Guerra Civil en cualquier idioma. Incierta Gloria es la novelización de uno de los textos centrales de Joan Sales, sus Cartes a Màrius Torres (jamás traducidas al castellano). La prosa del libro es bellísima, virtuosa, rica en léxico, ágil, atmosférica. La trama se desarrolla en dos planos temporales diferentes: plena Guerra Civil, en un frente dormido aragonés, y la inmediata postguerra, donde los supervivientes se encuentran y reconocen. Una de las claves del libro es uno de los personajes literarios más potentes que conozco: Soleràs, el mejor amigo del protagonista. Republicano, ateo, dotado de un sentido profundísimo de la moral que refleja un mundo interior muy propio, cambiará de bando cuando está claro quién ganará la guerra sólo para perderla él mismo. Sus reflexiones filosóficas profundas, su existencialismo, su vitalidad desordenada, son el motor del libro, por encima de un rosario de personajes muy potente, bien definido y mejor explicado. Incierta Gloria es, por todo esto, uno de los textos más importantes jamás escritos en catalán.
     Joan Sales fue, además, el padre de Pepe, el poeta que hemos conocido antes gracias a las versiones que Albert Pla hizo de sus poemas en Cançons d’Amor i Droga. La relación entre los dos no podía ser fácil, pero lo que debía consolar al padre es lo mucho que su hijo tenía de Soleràs.
    
-El Tercer Reich (Roberto Bolaño, ed. Anagrama)

     Mi ignorancia de la actualidad, mis pocas ansias de seguir las novedades o de estar al día, me jugaron una mala pasada, que después se convirtió en la sorpresa literaria más grande de mi vida, a la hora de conocer a Roberto Bolaño. Circulaba por casa una copa de sus Detectives Salvajes, publicada, también, por Anagrama, donde, en la contraportada, se leía que ésta era la novela que Borges habría querido escribir. Sí, hombre, y qué más. Un día, con ánimo de destrozar semejante fantasmada, abrí el libro pensando que lo dejaría antes de terminar el primer capítulo. A las cuatro páginas tomé, por fin, aliento. Aparté la vista del libro y pensé “mierda, es verdad”. Efectivamente. Bolaño es uno de los escritores centrales en lengua castellana, a la altura del propio Borges, de Cortázar, de Benet, de Cela y pocos más. Bolaño es, indudablemente, uno de los escritores centrales de la literatura universal del siglo XX. Así de claro.
     El libro fue escrito en 1989 y publicado póstumamente hacia el Sant Jordi pasado. Discrepo de los que lo alejan de sus obras maestras (2666 para muchos críticos, pero el libro no pasa, para mí, por delante de sus Detectives Salvajes, uno de los dos o tres mejores que he leído en toda mi vida). Lo reseño aquí no tanto por sus valores literarios, consustanciales en un monstruo como Bolaño, como por lo que se cuenta. La trama es hipnótica: una pareja alemana viaja a una localidad de la costa catalana (Malgrat, quizá?) a veranear, a finales de agosto. Ella quiere tostarse al sol. Él quiere, además, una cierta tranquilidad para preparar un artículo sobre su máximo hobby: un juego de guerra llamado El Tercer Reich, que recrea la segunda guerra mundial con una precisión y unos detalles minuciosos, de cirujano. El juego se ocupa exclusivamente de temas militares, y obvia completamente todo el ideario nazi y los hechos paralelos al propio desarrollo de la guerra, que es lo que más la caracterizó, y lo que marcó el cambio definitivo de paradigma. El temple del protagonista ocupándose de él es total, y su consciencia está muy limpia respecto los dilemas éticos que puedan acompañar una partida en que tomas el mando de los ejércitos de Hitler para hacerles conquistar el mundo. Fuera de la habitación aparecen una serie de personajes (la dueña del hotel, personal del mismo, los amigos alemanes y españoles que van haciendo) que, lentamente, acabarán confundiendo el juego con lo que sucede fuera. Pasan hechos más o menos dramáticos. Las relaciones y las personalidades de los protagonistas cambian, hasta llegar a un desenlace completamente inesperado con unas repercusiones éticas brutales. El narrador es el protagonista, que va escribiendo, al final de cada día, con mucha disciplina, un diario. Pero no es un narrador omnisciente. El presento contínuo es el tiempo de la narración, y apenas le da tiempo para reflexionar sobre las cosas que van sucendiendo. Ni para pensar en las que podrán pasar en un futuro inmediato o a medio plazo.

-Noches de cocaína (J.G. Ballard, ed, Minotauro)

     El libro es, quizá, el mejor de la etapa final de este escritor fascinante y, todavía, poco conocido.
     Ballard es un ciudadano británico nacido en Shangai, donde vivió hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue separado de sus padres y encerrado por los japoneses en un campo de concentración durante todo el conflicto. Sus experiencias allí son bien conocidas gracias a su único libro verdaderamente famoso: El Imperio del Sol, llevado al cine de un modo brillante por un Spielberg que consiguió uno de sus mejores títulos, a parte de descubrir a este monstruo llamado Christian Bale. Después ejerció diversos oficios hasta contactar tardíamente con la literatura. Su primer libro, The Drowned World (el Mundo Sumergido) fue publicado pasados sus 40 años. The Drowned Word define lo que ha sido toda su carrera: la trama nos presenta a un médico solitario que vaga por un mundo que ha vuelto al triásico en veinte años, buscando su inconsciente biológico. Su grado de introversión es tan bestia que ya no tiene suficiente con indagar y llegar al fondo de su cerebro: necesita hacerlo al fondo de su ADN. Necesita sentirse dinosaurio. Ameba. Su prosa es económica y, simultáneamente, fascinante, hipnótica. Es un escritor diferente
     Noches de cocaína es una obra mucho más madura, menos radical. El escritor no necesita recorrer a la ciencia-ficción para crear mundos asfixiantes, cerrados, opresores: le basta con desplazarse a Marbella. La trama trascurre en una de esas urbanizaciones que han crecido en la periferia de la ciudad, exclusivas para británicos, donde la excepción es encontrar a alguien que hable castellano, un mundo trasplantado, ni de aquí ni de allí. Un mundo sórdido, cerrado. Un mundo de jubilados que han colgado el cartel de happily ever after en sus hogares y en su vida. Un mundo de aburrimiento existencial. El protagonista se da cuenta que este aburrimiento, esta abulia, este tedio, pueden hacer fallar todo el negocio. Y, por tanto, hay toda una serie de individuos que luchan contra esto. El libro, escrito en el estilo alucinado caracerístico de Ballard, que funciona haciéndonos bajar al corazón de la trama en espiral, constituye una de las reflexiones más lúcidas que conozco sobre el momento y la manera de vivir pre-crisis.       

-La inspiración y el estilo (Juan Benet, ed. Alfaguara)

     La Biblia, textualmente. Juan Benet, escritor, como mínimo, a la altura de un Cela, ingeniero de puentes y caminos de profesión, con estudio abierto que mantuvo toda su vida, lector voraz, amante de la literatura. Juan Benet, con la distancia suficiente hacia su pasión como para, aun estar plenamente sumergido en ella, ser capaz de mirarla en perspectiva. Juan Benet, dotado de un temperamento analítico que le hacía saber exactamente el por qué y el cómo escribía. Y ser capaz de explicarlo. De explicárselo, primeramente. Y de hacerlo comprensible a los demás.
     El libro, un ensayo, recorre sus pasiones literarias (Poe, Conrad, Faulkner, Shakespeare, Cervantes) y explica por qué escribían como escribían. Antes que nada es un elogio del oficio y, a través de él, del estilo, los dos puntales que forman la estructura que soporta una obra inspirada. Benet aprovechará, también, par rebatir con ternura el texto que Poe escribió sobre la composición de su bellísimo The Raven, su poema más conocido, y ofrecer una explicación alternativa sobre por qué es como es mucho más convincente que la del propio Poe.
     Adicionalmente: leed el libro y disfrutadlo. Cuando o hayáis terinado, si sois arquitectos, substituid la palabra “literatura” por “arquitectura” allá donde la encontréis, pensar en obras que os gusten de alguno de vuestros maestros y tendréis uno de los mejores libros de arquitectura jamás escritos.

-Lo que hemos comido (Josep Pla, ed. Destino, col. Áncora y Delfín)

     Pla será siempre uno de mis escritores favoritos, sobretodo por su alma de hooligan escondida tras la fachada de escritor novecentista máximamente juicioso. Es, quizá, el escritor central de los últimos setenta u ochenta años en lengua catalana: su léxico, su facilidad de escritura, su volumen increíble de obra, el no saber distinguir entre géneros (tan literatura es un artículo aparecido en un periódico como, pongamos por caso, sus Crónicas Parlamentarias, que se encuentran en castellano bajo el título La Segunda República Española, publicadas por Imago Mundo, pagadas por Cambó para socavar la República, como sus novelas o sus libros de viajes o cualquier cosa que no sean sus poemas, que son espantosos y, afortunadamente, no tiene traducción al castellano), la depuración extrema de su prosa lo hacen un escritor diferente. Único.
     Su alfa y su omega son dos libros hermanos: El Cuaderno Gris y Lo que Hemos Comido. El Cuaderno Gris tiene esa cosa fabulosa de ser un libro tramposo que tanto me gusta. Teóricamente son sus diarios de cuando tenía poco más de veinte años contando su bajada a Barcelona desde su Palafrugell nata, y terminando con la contratación por un diario (no estoy seguro de si era La Publicitat) que lo envió de corresponsal a Rusia (experiencia recogida, obviamente, en su Viaje a Rusia). En la práctica, el libro fue reescrito íntegramente a sus setenta años, así que no hace falta frustrarse si habéis pasado esta edad y no sois capaces de escribir a un nivel que deja pequeño el que tienen muchos premios Nobel.
     Respecto a Lo que Hemos Comido: poco más a comentar que su título. Es, precisamente esto: un elogio de los ingredientes, de las maneras de hacer, de la cocina de su niñez (mucha de la cual se mantenía en su madurez, recuperada hoy en día por los restaurantes de nivel tanto de la zona como del resto de Cataluña). Opiniones singulares, entendidas, divertidas: se queja del marisco. Dice que su única virtud es que es fácil de pelar. Prefiere la corvina, según él, el mejor pescado del Mediterráneo. Ya somos dos a creerlo (para mas detalles, restaurante L’Empordà en Figueres o l’Arcada en Palamós, por poner unos buenos ejemplos). Habla de los estofados. Habla del Niu (Nido) (para quien no sea empurdanés: el niu es un guisado de tripa de bacalao, tordo, peixopalo (bacalao seco) y no sé qué más sobre un sofrito de cebolla confitada que tiene una elaboración de más de doce horas). Habla de las anchoas confitadas. De los rustidos. Del vino. Del café (y del café descafeinado). No es un recetario. No es un costumario. No es un libro exactamente nostálgico (sobretodo teniendo, hoy en día, Hispanias, Bullis (aunque lo amplíe Ruiz-Geli), Racons de Can Faves, Lluçanesos, Arcades y tantos otros que lo hacen bien y no son tan conocidos). Es un recordatorio de un modo de vivir. Una reivindicación de nuestra tierra, de unos ingredientes, de un modo de vivir el paso del tiempo, de relacionrse con un prójimo a través de la comida, de las sobremesas, de las conversaciones. En fin, uno de los libros más bellos de Pla.

-Proyecto Nocilla (Agustín Fernández Mallo)

Esta reseña corresponde a una trilogía formada por tres libros:

-Nocilla Dream (Candaya)
-Nocilla Experience
-Nocilla Lab (tots dos d’Alfaguara)

     Fernández Mallo tiene una cosa en común con Benet: no es un literato a tiempo completo. Físico de formación, trabaja en un hospital de Mallorca y, en sus ratos libres, escribe. Está sucediendo ahora mismo: es tan así que Fernández Mallo tiene un blog muy recomendable, el Hombre que salió de la Tarta.
     El Proyecto Nocilla: toma la afirmación de Borges que decía que un libro debía de tener un ochenta por ciento de cosas usadas y un veinte por ciento de novedad de modo literal y tendrás la trilogía. Está escrito como un collage literario. Referencias al cine, a los blogs, a otros libros, a manuales de instrucciones, a letras de canciones. El tema de la trilogía es el desierto. La soledad. Las experiencias humanas. Genéricamente tampoco sabría definir demasiado bien qué es. Teóricamente una nivela. Con toda seguridad, un collage. Y, para mí, poesía. Un poema en tres tomos, largo, denso, diferente. Fernández Mallo es un escritor que controla, sobretodo, el ritmo narrativo y hace con él lo que quiere. Frasea bien, sí. Tiene léxico, sí. Tiene cultura, sí. Pero sobretodo tiene ritmo. Toma el lector y lo sumerge, des del primer instante, como sucede cuando empiezas a escuchar un buen disco de ese con arranques memorables. Después te abandonas y, simplemente, disfrutas. Por su edad (tiene menos de cuarenta y cinco años) y lo que ha hecho hasta ahora, Fernández Mallo es uno de los escritores que más ilusión me hacen de todos los que conozco. Es un regalo.

(feliz navidad)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

“Keeping things clean doesn’t change anything”: 10 discos que vale la pena escuchar.

-Espòntex Simfonia (Pascal Comelade, 2006)

Pascal Comelade es desesperante: debe de haber sacado cincuenta discos oficiales y no hay ninguno que se pueda categorizar por debajo de la obra maestra. Des de su primer Détail Monochrome, grabado (sí) en mono, hasta ahora, su universo sonoro sólo se puede describir como genial: versionador imprescindoble, relector de Camarón, de the Modern Lovers, de los Stones, de the Kins, the Clash, Sisa, Ovidi Montllor y cincuenta más, compositor brillante que vuelve y revuelve constantemente a sus propios temas versionándolos también, incesantemente, hasta el extremo de que ninguno de ellos tenga versión canónica. Comelade no se está quieto. La elección de este disco es casi arbitraria: una portada kistch, sus instrumentos de juguete de siempre, músicas para la versión teatral de la Plaza del Diamante, de Rodoreda (por favor, leed la novela: Imre Krétenz dijo de ella que era la mejor jamás escrita en Europa durante la postguerra) y para un ballet de Cesc Gelabert. Incluye, también, una versión interpretada por la cobla Tres Vents de su Sardana dels Desemparats, uno de sus temas más bellos.

-Back to Black (Amy Winehouse, 2009)

Quizá, el mejor disco de soul grabado en las últimas décadas. Amy Winehouse es una cantante de un talento y unas dotes interpretativas excepcionales. Ahora la cosa pinta mal: el crack y el tacabo le han provocado un enfisema pulmonar que le ha desgraciado la voz irreversiblemente. Si sigue cantando tendrá que ser de otra manera. Compone sus propias canciones, con unas letras nihilistas que se recrean en sus excesos.

-Grinderman ii (Grinderman, 2010)

El último disco del último grupo fundado por Nick Cave, una abstracción de the Bad Seeds donde, sobretodo, brilla un Warren Ellis convertido de hace años en su mano derecha. Completan el grupo el bajista Martyn P. Casey y el baterista Jim Sclavunos. Crudos, directos, virtuosos, un punto punks. El disco tiene un sonido durísimo, rabioso. No os dejéis engañar por el ordinal: está a la altura de, como mínimo, el primero, si es que no lo supera.

-Rock n’Roll With the Modern Lovers (The Modern Lovers, 1977)

El segundo disco del grupo, el primero controlado directamente por ellos después de haber caído en las garras de John Cale, que les produjo el primero (con el nombre del grupo por título). The Modern Lovers tienen mucha historia: su año de fundación es 1968, y su alma mater Jonathan Richman, uno de los espectadores de los conciertos de the Velvet Underground (el grupo de grupos: se dice que cualquiera que asistió a uno de sus conciertos fundó su propia banda). A Richman se le llama “el Padrino del Punk”, y empezó a cantar en este estilo antes que los Ramones, antes que los Sex Pistols (que hicieron una versión delirante, caótica, de su Roadrunner). De 1968 a 1974 el grupo no graba, y, cuando lo hicieron, los produjo un John Cale pre-Patti Smith (produjo su Horses un año más tarde), que los simultaneó con su espectacular The Accademy in Peril, uno de sus mejores discos, con portada (la única que le hizo) de Andy Warhol. The Modern Lovers pasó desapercibido por ser demasiado punk tres años antes de Never Mind the Bollocks y cuatro demasiado tarde para haber coincidido con the Velvet Underground. Contiene títulos imprescindibles como la propia Roadrunner o Pablo Picasso, canción que ha versionado todo el mundo.
Rock n’Roll With… reacciona contra todo esto. Las percusiones son tan sólo potes, baterías reducidas, triángulos. Todas las guitarras son acústicas. A veces se toca sin bajo. Se grabó en directo. Y, aun así, la instrumentación, la manera de tocar, es plenamente rock. Richman es un guitarrista muy capaz, el grupo un verdadero bloque, el clima de una felicidad naif muy divertida. El hit del disco es una canción instrumental titulada Egipthian Reggae, uno de los títulos preferidos de Pascal Comelade, que la versiona casi a cada concierto.

-Cuckooland (Robert Wyatt, 2003)

Alto y claro: Wyatt es uno de los mejores músicos de toda la historia del rock. Su historia personal está marcado por una desgracia que separó su carrera en dos partes muy identificables: el año 1973, borracho y drogado, cae de espaldas por una ventana y queda parapléjico. Antes: batería de the Soft Machine, con quien acompañará Syd Barrett en algunas canciones de su primer disco en solitario The Madcap Laughs. Acompañará, también, a Jimi Hendrix y a los Pink Floyd. Se separa del grupo (por considerarlos demasiado cerca del jazz) y funda the Matching Mole, los considerados máximos rivales de Pink Floyd hasta el accidente de Wyatt. Con the Matching Mole saca dos discos, el primero del mismo nombre del grupo y el segundo, Little Red Record, es producido por Robert Fripp, que también tocará. Allí Wyatt tocará el piano, la trompeta y, obviamente, la batería, su instrumento natural. Los dos discos son joyas imprescindibles (Pascal Comelade, que, como ya habréis adivinado, es una de mis referencias principales, considera el primer disco del grupo como uno de los mejores de la historia del rock, y tiene versiones tanto de O, Caroline como de Signed Curtain, su canción más famosa.
Después del accidente es rescatado para la música por, precisamente, los miembros de Pink Floyd, que, entre otras, cosas, le montan un concierto benéfico primero y se convierten en su grupo de soporte después, y, tan sólo un año más tarde de la tragedia, ya está grabando. Su segundo disco después del accidente, Ruth is Stranger Than Richard, es una obra maestra comparable al Sgt. Pepper’s. Wyatt siguió grabando al máximo nivel, con colaboradores estables como Nick Mason y David Gilmour de Pink Floyd, Paul Weller, Brian Eno, Phil Manzanera, Robert Fripp y el propio Pascal Comelade, con quien gragó un disco a medias con una de las mejores versiones que recuerdo de Septembre Song, de Kurt Weill. Uno de sus últimos discos es el Cuckooland que recomiendo. Como siempre toca el piano, la trompeta y la batería. Como siempre están Weller, Gilmour, Eno, Manzanera. Como siempre el nivel medio es excepcional. Notad la versión que abre el disco, una tristísima balada titulada Stay Tuned. Más que un disco, recomiendo toda su carrera.

-Sky Blue Sky (Wilco, 2008)

¿Qué decir de Wilco? Quien no los conozca ya puede ir encargando toda su discografía. Así de fácil. Rock elegante, puro, duro, contundente, un Jeff Twwedy (el líder del grupo) que tiene calidad como para convertirse en escritor si un día se queda sin ideas para seguir componiendo canciones.
El disco previo a este fue A Ghost is Born, el primero del grupo con Tweedy haciendo de guitarra solista, después que sus compañeros y el productor lo convenciesen de su calidad (hasta ahora se había limitado a actuar como guitarrista rítmico del grupo). Ahora de la guitarra solista se ocupa Nels Cline, y el grupo se las ha arreglado con una gradación curiosa: sólo hay guitarristas virtuosos y ultravirtuosos. En Sky Blue Sky hay bastantes solos dobles, que, en directo, son triples, y algunas de las canciones más bellas de la banda. Destaco dos, Impossible Germany, y, por encima de todas, Hate it here, una canción de desamor desgarrada, más soul que rock, que llega a unas cotas de expresividad obsesionantes con una letra bellísima.

-Acadèmia dels Somnis (Quimi Portet, 2001)

Para los despistados, Quimi Portet es el otro del Último de la Fila, también conocido como “el guapo”. Separado el grupo, su carrera musical se separó de todo lo que había hecho sin renegar en ningún momento de elo, y fue hacia terrenos más abstractos, más delicados, más rockeros. Portet graba muchos de sus discos solo, con colaboraciones puntuales de sus amigos de toda la vida. La excepción es este disco que recomiendo. Probablemente sea el más convencional que jamás haya sacado, el más formado de canciones puras, el más rockero. El que cuenta con una banda fija, formada, en este caso, por Antonio Fidel (el Frankenstein Latino), su compañero des de los Rápidos, bajista fino y elegante, y Ángel Celada, batería de prestigio. Se les suman colaboradores como Pau Donés (músico infecto, miembro fundador de uno de los peores grupos de los últimos años y, aún así, un cantante nada despreciable), Gerard Quintana o el genio Adrià Puntí. El disco es una obra maestra absoluta, sin más, a conocer y querer.

-Maria (Adrià Puntí, 2002)

Adrià Puntí es la historia de una desgracia absoluta. Maria tiene ocho años. Es su último disco, y se ha pasado colgado todo este tiempo. Sus últimos vídeos se cuelgan en YouTube como vídeos humorísticos: en la mayoría está tan borracho que no puede cantar; empieza las canciones tres veces, se olvida de la letra, pega broncas a los músicos en directo, tira el micro… y, con todo, quizá sea el músico catalán de más talento. Puntí está a la altura de Pascal Comelade, de Albert Pla, del primer Pau riba. Músicos a la altura de cualquiera: Tom Waits, Robert Wyatt, Jacques Brel.
Maria es un disco emocionante. Uno de los mejores que conozco. Del primer segundo al último no hay paja. Todo lo que suena es excepcional, hasta el extremo que no hay casi nada a destacar. Colaboran Bunbury, buen amigo suyo, Txe Arana, Gerard Quintana. La producción es de Quimi Portet, que le presta su grupo de soporte y su guitarra. Puntí toca la guitarra, el piano, arregla. Su estilo de cantar es personalísimo, estimulante.
Debilidades mías: en el disco hay dos canciones que me emocionan hasta el límite de las lágrimas: una versión de Flors i Violes, bellísima canción de Quimi Portet que suena en su disco Hoquei Sobre Pedres (sí, el de la Rambla), acústica, tocada con una guitarra de doce cuerdas, que da la vuelta completamente al tema original, y Maria, la canción que da título al disco, dedicada a su abuela! Una de las letras más bonitas que he oído en toda mi vida. Los coros son de Bunbury, quizá lo mejor que haya cantado jamás. 

-Cançons d’Amor i Droga (Albert Pla, 2003)

Si no es uno, es el otro. Pla es un genio. Un genio a la altura de Puntí, de Waits, de quien sea. No se me ocurre a quién compararlo. En este disco se encontró (sí!) con Quimi Portet, que se lo produjo y subió todavía más el listón musical.
Pepe Sales: el hijo de Joan, Apuntad estos nombres. Saldrán más tarde. Pepe Sales: poeta heroinómano, muerto de SIDA a últimos 80. Sobre sus versos gravita el disco. Pla es un intérprete genial, tan bueno como compositor (bueno, Puntí también: solo recordar su versión de New Year’s Day, de los U2, que mucha gente prefería a la original, y, recientemente, la de On the Nickel, de Tom Waits, que siempre me hace llorar. Cuandoo está suficientemente sobrio como para tocarla más de dos minutos está a la altura del original). No es un disco fácil, pero sí imprescindible.

-Wicked Grin (John Hammond, 2001)

No os dejéis engañar: John Hammond es blanco. Un aristócrata del mid-west, hijo de familia rica, que toca como un negro, que tiene voz de negro, que siente como un negro.
No sabía como recomendar algo de Tom Waits. Waits es uno de mis cantantes favoritos. Mi referencia. Waits. El que no concede entrevistas. El que no cede las canciones. Uno de los mejores amigos de John Hammond. Éste le pidió hacer un disco de versiones. Waits no sólo le dijo que sí: se lo produjo y le cedió sus músicos. Temas inéditos. Cantó una canción con él. Hammond ha colaborado con Waits en las Mule Variations, tocando la harmónica. Hammond: bluesman blanco. Guitarrista y harmonicista virtuoso. Dotado de una voz excepcional. Hammond: tocando con Stephen Arvizu Hodges. Con Auggie Meyers. Con Larry Taylor. Haciendo olvidar que 2:19 es un tema de Waits. Cantando a dúo Lord I’ve been Changed. Haciendo lucir a Meyers como nadie.
Tirad el disco de Scarlett Johanson (todos tenemos nuestras debilidades: si ella me pidiese permiso para versionar los artículos de este blog también debería decirle que sí) y quedaros con este. Parafraseando a Quevedo: si dejais de escuchar Tom Waits para escuchar John Hammond, habréis escuchado a Tom Waits i a John Hammond.

martes, 21 de diciembre de 2010

“Si el plano ha salido en otra película no interesa”: diez films interesantes.

-Ciudadano Bob Roberts (Tim Robbins, 1992)

¿Qué pasaría si Bob Dylan fuese de derechas? Esta es la pregunta que se formuló este actor-director de trayectoria valiente, irregular, obstinada en hacernos pensar. La película es exactamente esto: un cantautor de talento y carisma excepcionales, con capacidad para arrastrar las masas, de ideología opuesta al de Minnesota. ¿Dónde lo llevarían sus inquietudes políticas? ¿A la Casa Blanca, quizá?
Narrada en forma de falso documental por un periodista interpretado por Giancarlo Esposito, la mala leche de la película forma un proceso lógico con final abierto que constituye una crítica muy dura a los medios de comunicación de masas, a la música popular, al periodismo, a la política. Además, está bien hecha, dirigida con eficacia y sobriedad, y magistralmente interpretada.

-Honor de Caballería (Albert Serra, 2006)

Una de las mejores adaptaciones del Quijote (uno de mis libros preferidos) que conozco: ¿qué pasa en la novela cuando no pasa nada? ¿Cómo se comportan los héroes entre acción y acción, entre episodio y episodio célebre y episodio célebre? ¿Tienen sentido del ridículo? ¿Consciencia de sí mismos?
Uno de los rasgos fundamentales de la novela es el ritmo: la primera parte pasa en tres días. Aquí éste se rompe completamente en favor del lirismo, de la reflexión, del reposo. La filmación es virtuosa, la fotografía excepcional, el sonido directo cuidadísimo. Las interpretaciones corren a cargo de actores amateur, sin guión. Una joya nada fácil de ver. Belleza en estado puro.

-Ghost Dog (Jim Jarmusch, 1999)


Otra de las mejores adaptaciones del Quijote que conozco: ¿Cómo se puede llevar el libro a la Nueva Jersey de los 90? El hidalgo obsesionado por los libros de caballerías es, aquí, un negro enorme (Forest Witaker), asesino a sueldo, que lee incesantemente el Hagakure y se rige por su código. Sancho Panza queda convertido en un vendedor de helados haitiano que no habla una palabra de inglés (Isaak de Bankolé). Los malos son unos mafiosos italianos de opereta que cantan Public Enemy y que se rigen, también, por un código obsoleto y anacrínico. Coherente con la filmografía de Jarmusch, la fotografía es de Robby Müller y la música (toda rap) del RZA y sus Wu-Tang-Clan

-9 songs (Michael Winterbottom, 2004)

La historia de un fracaso. La idea original de la película era adaptar Plataforma, novela imprescindible del genial Michel Houellebecq, que se apuntó a la aventura. La trama original quedó relegada de buen principio para centrarse únicamente en la relación entre los dos protagonistas principales. Éstos hacen sólo dos cosas en todo el metraje: ir a conciertos y follar. Las dos cosas se filman sin el más mínimo tabú, a saco. Cuando todo es tan evidente siempre hay truco: no se trata de lo que hacen, sino de lo que se dicen. O, mejor dicho, de lo que no se dicen.
Filmada con cámara digital a la espalda, la película se sumerge en los conciertos con sonido directo y los filma des del público, subjetivamente, dejando sonar las canciones enteras como interludio entre follada y follada. Y qué selección musical: Von Bondies, Michael Nyman, Franz Ferdinand y the Black Rebel Motorcycle Club abriendo y cerrando la acción, entre otros. El conjunto es perturbador, bello, excitante. Una historia de pasión, de pérdida, de vacío.

-Heat (Michael Mann, 1995)

Otra película sobre relaciones: relaciones de pareja, amores incipientes, pérdida, y, por encima de todo, la relación entre un ladrón de bancos a gran escala y el policía que persigue. Cada fotograma es una obra de arte. El esteticismo extremo de Michael Mann, su elegancia, su virtuosismo, su capacidad para gestionar grandes presupuestos, su sentido del ritmo, hacen olvidar, a menudo, que estamos ante un excepcional director de actores. Y qué actores: Robert de Niro es el ladrón. Al Pacino el policía. Los secundarios están, invariablemente, en estado de gracia. Las tramas se entrecruzan con agilidad: el policía con su vida destrozada, su mujer infiel, su hijastra desubicada (uno de los primeros papeles de Natalie Portman, a los once años), con millones de motivos para tirarlo todo por la borda. El ladrón, sociópata, ordenado, perfeccionista en extremo, pulcro, violento, desesperado, vacío. El matrimonio formado por el jefe de la banda, ludópata, con deudas, y su mujer, que aguanta aparentemente sólo por dinero. La adicción a la adrenalina, estilos de vida opuestos, forman un cuadro complejo, nada maniqueo, estimulante, narrado con ritmo trepidante. Los Angeles aparece como un protagonista más de la historia, filmada desde puntos de vista inusuales, todos ellos inéditos. Una delicia.

-Goodfellas (uno de los nuestros) (Martin Scorsese, 1990)

Contra el fresco que supone la película anterior se contrapone esta otra filmada exclusivamente des del punto de vista de los criminales: la mafia retratada por dentro, narrada por un exmafioso presuntamente arrepentido que, en realidad, ha sido, simplemente, trincado, y no ya tenido más remedio que tirar adelante como ha podido.
Scorsese dirige un reparto tan brillante o más que el anterior: otra vez de Niro, Ray Liotta, haciendo, quizá, el mejor papel de toda su carrera, Joe Pesci, Lorraine Bracco, Paul Sorvino. Un secreto: el film es un musical escondido. Escenas de ballet interpretadas por un Robert de Niro que sigue con los ojos a sus futuras víctimas a ritmo de Sunshine of your love, de los Cream. Las víctimas encontradas una a una a ritmo de Layla. La persecución paranoica del matrimonio protagonista, drogado hasta las cejas, con Monkey Man, de los Stones, de fondo. El protagonista mirando directamente a cámara, hablándonos a nosotros. El último encuentro de Robert de Niro y Ray Liotta en un bar, con la cámara desplazándose hacia delante mientras abre el plano para, seguidamente, hacer el travelling inverso mientras hace un zoom para dejar a los dos actores clavados en la pantalla mientras el fondo se acerca y se aleja y, por encima de todo, una de las mejores escenas de toda la historia del cine: el plano-secuencia en que el matrimonio entra en el Copacabana por la cocina. Cada vez que la miréis descubriréis detalles nuevos.

-Jackie Brown (Quentin Tarantino, 1997)

No tanto una historia de mafiosos como una (otra) historia de perdedores. El primer guión (y creo que el único) filmado por Tarantino de autoría ajena, adaptando una novela del magistral Elmore Leonard, el rey de las historias de amor desesperadas, crepusculares (en este caso, la pareja protagonista está interpretada por Pam Grier y Robert Forster, dos actores acabados rescatados del olvido para la ocasión). Probablemente la mejor película de su director. A destacar los créditos iniciales (con una tristísima canción de Bobby Womack & Peace, Incident at 57th St.) y el asesinato de Chris Rock (sí: también ha filmado para Tarantino, especialista en sacar interpretaciones serias a actores aparentemente freaks) por parte de Samuel L. Jackson con un plano de cámara que recrea los títulos de crédito iniciales de Touch of Evil, de Orson Welles. Casi nada.

-Amb les mans buides (Las manos vacías) (Marc Recha, 2003)

Un chico de l’Hospitalet, mi pueblo natal, interpretado por un Eduardo Noriega que aprendió a hablar catalán expresamente para la ocasión, se cuela en un tren en dirección a Paris. En Port-Vendres se ha de bajar por patas por miedo que lo trinquen. Allí descubrirá un microcosmos muy particular, narrado a ritmo de los trenes que vienen y van. Película mínima, delicada, sensible, homenaje (curiosamente) al cine de Hitchcock, realizada por uno de los directores de más talento del cine español.
Curiosidad par arquitectos: Port-Vendres es la localidad donde se exilió un Charles Rennie Mackintosh en horas bajísimas, poco antes de su retorno a Inglaterra para morir en la indigencia, alcoholizado y destrozado anímicamente. Allí se dedicó, sobretodo, a pintar una serie de acuarelas excepcional, destinadas infructuosamente a ganar cuatro pelas más para seguirse reventando el hígado. No vendió ni una. Rescatarlas es un hecho estimulante que, precisamente, hará ver la película con otros ojos.

-El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992)

Otra historia de un fracaso. Antonio López pintando un membrillero. Tan fácil como esto. Quizá la película que más bien ha narrado el hecho creativo artístico en toda la historia del cine, junto con Arrebato, de Zulueta, y, las dos, a años luz de la bellísima le mistère de Picasso, de Clouzot.

-Children of Men (Hijos de los Hombres) (Alfonso Cuarón, 2006)

Un cambio de paradigma a la altura de Blade Runner. Ciencia-ficción narrada no bajo la influencia del comic o de los cuadros de Edward Hopper, sino sacada directamente de los dicumentales, de la CNN, de las imágenes de campos de refugiados, de las bidonville del tercer mundo. El punto de partida es de una desesperación total y absoluta: ¿qué pasaría si en el mundo dejasen de nacer niños? Clive Owen interpreta al protagonista, un hombre roto, viudo, alcoholizado, que encontrará, en medio de la desesperación más absoluta, motivos para seguir luchando. La dirección de Cuarón roza la perfección absoluta, y sólo se relaja en un final que, por desgracia, parece impuesto por el productor

You know I’m no good: unos cuantos regalos de navidad

Por aquello del espíritu navideño, bla, bla, bla, os ofrezco una selección subjetiva y alejada de todos los cánones (incluso del mío) de diez películas, diez discos y diez libros para que (os) los regaléis estos días extraños que acaban siendo más carnaval que el que vendrá en febrero.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Una visita a la Bienal de Venecia



(en el aeropuerto Marco Polo, tarde del 23-10-2010)

Venecia debe de ser fatal para los reumáticos: dos días aquí y no me puedo sacar de encima la sensación de tener los pies mojados. Des de la plaza Roma, al otro lado de la isla y del Gran Canal, unos carteles rojos bastante bien diseñados te van acompañando hacia los recintos de la Bienal: los Jardines, donde hay una serie de pabellones organizados por países, como un campus de la cultura, y el Arsenal, enorme edificio o conjunto de edificios de miles y miles de metros cuadrados, severo, digno, simultáneamente operativo, en ruinas y derruído. Entro por los jardines y vago por entre los pabellones entre plátanos y almeces centenarios. Hay tal concentración de arquitectos que me acabo encontrando algún amigo por allí, sin buscarlo. Resulta muy fácil ponerse a hablar con quien, como yo, está mirando los diversos pabellones y espacios que forman la muestra. Todo invita a la confraternización: los capuccinos y el prosecco son excelentes y baratos, y el haber hecho diversos centenares de kilómetros es un filtro que presupone el interés de quien me envuelve.



Venecia respira cultura por los cuatro costados: esta mañana he presenciado el cabreo monumental y mal disimulado de un gondolero ante la Fundación Querini Stampalia, reformada por Carlo Scarpa (y re-reformada, espectacularmente, por Botta), a pesar del peligro permanente que corre de morir degollado por el puente de acceso que construyó el primero, fuera del gálibo que tienen los otros, con dos turistas que ni conocían ni les interesaba el edificio, al que ha llamado “la biblioteca más importante de la ciudad, restaurada por un genio de la arquitectura del siglo XX”. No se puede resumir mejor. Hablé con varios indígenas al azar. Uno de ellos me recordó que no debía marcharme sin visitar el edificio que Tadao Ando restauró hace pocos años, a pocos metros de la Academia. El otro me condujo, sin problemas, a la Toletta, una de las librerías más importantes de la ciudad. Un tercero me montó un tour turístico-no-turístico de gran interés que “culminaba” en ese edificio que un japonés muy bueno había restaurado hace poco y que no podía dejar de visitar: Tadao Ando de nuevo.

Pabellón de Venezuela,  Carlo Scarpa

Las instalaciones de la Bienal son permanentes, y están dedicadas todo el año a acontecimientos culturales: la Bienal de Arquitectura no es más que otra de la sucesión de bienales que se van produciendo cíclicamente sin dejar de ocupar estas instalaciones u otras similares. El ayuntamiento y los habitantes están concienciados sobre el tema, y la industria turística no es tal: es un solapamiento de indústrias turísticas que no se fían de hacer de esta ciudad la Meca de los enamorados y quieren optar por otros valores. Como la cultura.

Jardines del Pabellón de Italia, Carlo Scarpa.

Todas las buenas instalaciones de la Bienal tienen una cosa en común: el diálogo entre continente y contenido. La arquitectura del Arsenal: poca luz natural, columnas de ladrillo de gran diámetro, un edificio lineal de centenares de metros de longitud. Siempre agua. Los pabellones: Aalto. Stirling & Wilford. Scarpa por partida doble. Fehn. Hoffmann. Otros arquitectos que no conozco diseñaron edificios a la altura de estos grandes nombres precedent4s: son los casos de los pabellones de Israel, Japón, Brasil, Suiza. La Gran Bretaña, Rusia, la propia Italia, España: arquitectos fascistas de más o menos calidad crearon pabellones que también dan mucho juego.

Pabellón de los países nórdicos, Sverre Fehn.

Pavellón del Japón, con maqueta de Rue Nishizawa, conteniendo una exhibición de vivienda.

Pabellón de Finlandia, Alvar Aalto, coneniendo una muestra de escuelas. 

Qué es la Bienal se explica muy fácilmente: una exhibición de instalaciones, de proyectos, más o menos descohesionada, organizada en base a una estructura doble: por países y por arquitectos invitados individualmente por el comisario.

La estructura de exhibición es, también, mixta, y depende de los invitados. Éstos pueden exhibir obras y proyectos (construidos, en curso, propuestas desestimadas), o instalaciones hechas expresamente para la Bienal, divididas, también, en dos: por una parte arquitectura sin programa y por otra instalaciones sobre temas concretos. Si se trata de países, éstos pueden optar por exhibir temas o promocionar arquitectos, que pueden optar, a su vez, por exhibir temas o proyectos.

Pabellón holandés, G.T. Rietveld, conteniendo una muestra temática.

Exhibición de un proyecto de Toyo Ito en el Arsenal.

El resultado no es ni regular ni homogéneo. Algunas instalaciones darían para una tesina y condensan todo el saber del arquitecto. Otras están hechas para cubrir un expediente que no se cubre. Otras lo intentan y fracasan. Las hay que son muy caras, otras de precio medio y otras auténticamente baratas, tanto a nivel de países como de arquitectos.

Un factor determinante para entender la muestra es la velocidad con que el viajero la mira y su grado de saturación. Eso es muy grande y hay mucho que ver. En estas circunstancias, la poética del arquitecto o del comisario que muestre lo que hace un país es determinante. También lo es la concreción del mensaje. Más que lanzar mensajes, eslóganes prefabricados, gana lo indefinido, lo abierto. Lo que hace pensar. Lo que seduce. Y no, esto no es degenerado ni vago: todos han de saber actuar como lo que son: un eslabón en una cadena, un nodo en una red. El título de la Bienal (when people meet architecture) es descriptivo de la situación: mucha gente mirando arquitectura. Aunque no sea exactamente lo que querían decir. Intentar cambiar esto es estrellarse contra un muro. Es ir contra la propia muestra.

La crisis es otro factor determinante a esta Bienal, sea porque muchos países han hecho representaciones austeras y simultáneamente llenas de talento, y lanzan mensajes optimistas que exploran tecnologías baratas, sostenibles y poéticas. Otros van a la suya, como Bahrain, que ha enmoquetado con petrodólares una sala, regalando, además, su catálogo, bien editado y con pinta de caro.

Pabellón de Croacia con exhibición de juguetes. 

España: un pabellón organizado por el ministerio de vivienda que define el grado cero de la profesión: conocimiento (bibliotecas) e investigación (las casas Solar Decathlon y, singularmente, las cinco propuestas españolas, mostrando no tanto su calidad como la capacidad de hacerlas); musculatura para cuando haya pasta después de la crisis. Reflexión. Simultáneamente, Kazuyo Sejima, la comisaria de la Bienal, ha optado porque sea el segundo país más representado después de Japón (dato un tanto falso, porque Italia, en su pabellón, que, curiosamente, está ubicado en el Arsenal, fuera de su pabellón histórico, que acoge muestras individuales de arquitectos invitados, muestra muchos más al margen de la selección oficial). De los arquitectos españoles destacan dos: Andrés Jaque y, sobretodo, un Antón García-Abril (que, si os lo preguntáis, la respuesta es sí: es el hijo del compositor de la banda sonora de Sor Citroën) tocado por la mano del genio. El primero expone, en el interior del pabellón de Italia, en el recinto de los jardines, una nube de flores que no sé qué significa: hay una explicación en los carteles laterales que no leí. Si una obra de estas características no se expresa por sí sola queda reducidad a literatura. Ahora, formalmente es bellísima, y no requiere otro tipo de justificación: inmaterial, poética, frágil, delicada. Tiene un punto hortera, el justo para quedarse en las puertas y subvertir la poética kistch a favor de la obra. Si sabe hacer esto no me importa nada más.

Pabellón de España

Instalación de Andrés Jaque


Instalación de Andrés Jaque, detalle

Antón García-Abril: se quedó una sala enorme del Arsenal, justo al lado del semidiós Wim Wenders (almenos para los italianos: su exhibición, una especie de homenaje semipornográfico por su grado de pelotería a los SANAA, no mata). La sala es oscura, inquietantemente iscura. La instalación: dos enormes vigas de hormigón prefabricado de unos dos metros y medio de altura cruzadas, iluminadas directamente por unos focos de incandescencia que crean unas sombras cruzadas muy violentas y dejan el resto de la sala en penumbra. La viga inferior está completamente recostada en el suelo, y la superior se apoya sobre la primera de un modo descompensado, totalmente desequilibrado, de modo que por sí sola caería. Para reequilibrarla, se dispone una piedrota de costero encoma, de muchos y muchos centenares de kilos de peso, que levanta en otro extremo hasta dejarlo horizontal. Este extremo libre se apoya sobre un muelle potente. Diría que hay alguna trampilla (pecado venial) porque un tirante compensa las deformaciones del muelle anclando el conjunto al techo.

Instalación de Antón García-Abril


Instalación de Antón García-Abril, detalle

El efecto es de potencia y fragilidad simultáneas, de una carga poética enorme y extraordinaria, paralela a la que pueda tener el peso físico de la estructura. Parece a punto de desplomarse sobre tu cabeza. Des de gran parte de la sala es imposible ver la biga entera por culpa del enorme canto de la biga inferior (las dos son, de largo, más altas que una persona). Efecto, obviamente, buscado.

En planta, las dos vigas forman una X asimétrica a la escala de la sala, y se apropian tanto del espacio que el resto es accesorio. Su disposición juega con las columnas que soportan la sala y las ata indisolublemente al lugar. El efecto es totalmente centrífugo, y acaba pasando lo que pasa con todas las buenas instalaciones de la muestra: un visitante despistado diría que continente y contenido han sido creados a la vez. Todo es uno. Por desgracia, Sejima, enamorada de las maquetas del arquitecto y sin atender a razones, forzó a exponer, juntamente con esta escultura, una serie de maquetas más o menos adosadas al perímetro de la sala que le habían interesado, desvirtuando la fuerza del objeto, para desesperación de un García-Abril que todavía debe de estar enfadado.

Venecia es una ciudad culturalmente muy poderosa: la plaza de San Marco, y la Basílica y el Palacio Ducal por separado, son hitos ineludibles en la historia de la arquitectura universal, a la altura de, pongamos, las pirámides de Egipto. También todo lo que hizo Pallado. Y las obras de Scarpa. El conjunto paisajístico es de una armonía sorprendente: no parece que haya una sola fachada mal hecha. Su caos aparente, y los canales, y las góndolas, y su pase al lado del mar, y la calidad de sus restaurantes: todo hechiza. Paralelamente tiene una enorme capacidad para producir eventos, uno tras otro, y para interesar permanentemente casi cualquier tipo de público. Des de la perspectiva de un barcelonés, esto tendría que hacernos pensar en lo que somos y en dónde queremos ir: si nos hemos de convertir, como parece, en un parque temático turístico, no será fácil ni gratis, así que ya podemos tomar ejemplo de una ciudad con capacidad y prestigio suficientes como para organizar este tipo de actos. 




Pabellón austríaco con exhibición. Arq: Josef Hoffmann


Exhibición de Tony Fretton

Pabellón de Italia en el Arsenal.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Un amigo responde (apunte desde la tierra del viento)

Eduardo Almalé, crítico de arquitectura más que capaz, encontró, en tiempo insultantemente bajo, el reportaje original de la casa Gil Sala. En él se comprueban diversos temas importantes.

1.- (anécdota) El reportaje fotográfico es, efectivamente, de Colita. Las fotos no parecían de Català-Roca (poco divino), y la capacidad de esta fotógrafa para lucir obras está contrastada. Un ejemplo: hace poco, un exmiembro de esta gauche-divine-ni-gauche-ni-divine produjo un edificio (que mejor no digo que se trata del Museo Episcopal de Vic), de un sentido arquitectónico nulo. Colita respondió con un reportaje fotográfico excepcional, que mejoraba el edificio y lo convertía (para alguien que resida fuera de la Ciudad de los Santos) en un verdadero hit arquitectónico. No refleja la realidad: la mejora. En este caso no hizo falta: la casa Gil Sala se defiende solita y la mejor prueba de ello son mis pobres fotografías.

2.- (categoría) La casa es, efectivamente, una remonta. Por tanto, la chapa es para que no pese. Por tanto, toda la crítica (hecha exclusivamente por observación directa) queda corroborada.

3.- (ampliación) El programa: sobre una planta baja existente se disponen dos viviendas. La primera queda en la planta primera, y es un pequeño apartamento de alquiler que ayudó a sufragar los costes de la promoción. El segundo se desarrolla en el resto de alturas y es la vivienda del señor Gil Sala y su familia. Seguidamente se adjuntan fotos que lo demuestran todo.

Gracias, Eduardo.






axonometria mostrando el cuerpo nuevo encima de la planta baja existente

planta primera (vivienda de alquiler


planta segunda (vivienda Gil Sala)


planta tercera