jueves, 25 de agosto de 2011

Hollywood made: Miami Vice


La arquitectura es un lenguaje. Lo es por encima de todo: de programas éticos, de sostenibilidades, de voliciones de clientes. Todo esto no son sino consideraciones secundarias ante el hecho que, si no hay lenguaje, nada emociona.
A partir de aquí se puede establecer una dialéctica interesante y rica entre este lenguaje y los propósitos. Se puede considerar, incluso, que este culto al lenguaje nos ha llevado a la crisis actual, en la que parece que tengamos que pedir disculpas por ser quien somos, por hacer lo que hacemos. Pero nada. Imaginemos cualquier proyecto utópico: un programa social, una escuela para niños, viviendas de lujo para indigentes, lo que sea. Imaginemos algún presupuesto ridículo cien euros metro cuadrado, o menos. Todo esto no tiene sentido si alguien no es capaz de establecer un idioma. De hacerlo entender y emocionar a través de él.

Ídem en el cine. Más todavía.

Hasta ahora nos hemos dedicado a juzgar las pelis por sus argumentos. Y jamás, jamás en toda la hitoria del cine ha sido así. Reducción al absurdo: determinado cine gafapastero que triunfa en las salas de versión original de cualquier ciudad grande; argumentos pedantes, grandes declamaciones de actores con más carisma que técnica, a menudo iluminaciones malas, cámaras estáticas, montajes torpes. Pero oh, qué guión. ¿Y qué si no sabes darle vida?

El cine es un lenguaje. Por encima de todo. Entenderlo nos ayudará a entender que también lo es la arquitectura.
Pongamos un ejemplo tonto: The Hangover, película estrenada aquí bajo el título maltraducido de Resacón en las Vegas. Todd Philips, su director, es un animal: capaz de escoger y trabajar con buenos actores, a los que saca buenas interpretaciones, buen localizador, con un sentido visual excepcional. La película está bien fotografiada, bien interpretada, tiene ritmo, un guión sólido y una conjunción de todos los elementos que participan en ella excepcional.
No es lo que se cuenta. Es el cómo. ¿O es que alguien iría a ver, de otro modo una peli donde Hitler muere pasado por las armas por un judío enloquecido con ganas de venganza si no fuese cuestión de lenguaje? Esta es, también, la esencia de un director central como es Quentin Tarantino.
 
Hablaré de un film comercial de género, estrenado en 2007, llamado Miami Vice. Aquí se estrenó bajo el título de Corrupción en Miami. La peli adapta una serie homónima famosísima de mediados de los años ochenta. El director, escritor y productor es Michael Mann, y fue también el creador y productor ejecutivo de la serie. También se reservó otros roles de los que hablaré más adelante.

El encargo original de la serie (una serie de bajo presupuesto que nació sin demasiada fe por parte de sus promotores) se resume en dos palabras: MTV cops. Policías MTV, vaya. La serie era, pues, un vehículo para vender canciones de moda, vestidos de Adolfo Domínguez, Oscar de la Renta, Cerrutti, Gucci, D&G, etcétera. Incluso, a partir de la segunda temporada, coches Ferrari.
La serie va a ser todo un éxito y se mantendrá cinco temporadas en antena, ganando el Globo de Oro y un Emmy.

Una de las principales características del cine es la de ser un lugar común, con una serie de convenciones estilísticas que todo el mundo conoce y domina, literalmente en toda la superficie de la Tierra. El cine americano domina el mundo del cine con una proporción de nueve a uno.
Dentro del lugar común que representa el cine, Miami Vice (la serie) creará un nuevo lugar común. Que, des de entonces, todos conocemos y valoramos. Incluso quien no hayan visto la serie, por edad, es capaz de entenderla.

La adaptación que Michael Mann hace en 2007 de la serie es una obra maestra de la historia del cine.

Se objetará que el guión es justito. Falso: no es un guión justo. Sencillamente no es un guión profundo No tiene, de hecho, la más mínima implicación filosófica. Pero ya me va bien pensar que pueda ser un mal guión. Incluso no sería un mal ejercicio considerar que la película es totalmente inconsistente. Leída de este modo se convertiría en un ejercicio excepcional: cine en estado puro.

Desmiento un tópico importante. Hollywood no hace malas películas. De hecho es exactamente lo contrario; se trata de la factoría de arte más profesionalizada, más eficaz, más brillante del mundo. En todos los aspectos necesarios impera la meritocracia. Tomemos alguna película al azar hecha exclusivamente para ganar dinero: Rambo 3, o Scary Movie 3, o 4. O Tienes un email. O Sexo en Nueva Yorj 2. Tendrán una mínima noción de ritmo. La fotografía será buena. La música bien escogida o compuesta ad hoc. El montaje será correcto. Muchas veces el cine independiente y combativo no tiene estos estándares de calidad. Y no es, como muchos piensan, cuestión de presupuesto.

Michael Mann, el director de Miami Vice, es un tipo importante dentro de Hollywood. Se trata de un director-productor-escritor enclavado en el cine comercial (el que exige buenos resultados de taquilla) pero colocado sistemáticamente, en si límite.
No trabaja nunca desarrollando películas de motu propio: siempre por encargo. Casi siempre en cine de género. Acción, intriga, cine negro. Una peli épica (probablemente su filme más conocido, simultáneamente el peor que ha filmado, The Last of the Mohicans), un Thriller, The Insider, un biopic, Alí.
Cuando trabaja por encargo se expresa a través de los temas paralelos, secundarios a la trama. A través, precisamente, del idioma que es capaz de hablar. Ya en su primer largo, Thief, de 1981, con James Caan y Tuesday Weld, fue capaz de desarrollar un idioma propio, basado en unas imágenes extraordinariamente estilizadas y en un ritmo muy basado en la música, en este caso compuesta por Tangerine Dream.
Michael Mann se caracteriza por introducir una gran cantidad de subtemas propios dentro de las tramas que desarrolla. Éstos son los que componen su idioma, y los que caracterizan su cine. Los que lo harán pasar a la historia.
-Inferidas dentro de la trama argumental, todas sus películas tratan las relaciones humanas. La dialéctica entre dos personas, concretamente:
La fama, el afán de notoriedad, las ganas de servir a lo que se considera tu colectivo, la relación especular entre los personajes de John Dillinger (Johnny Depp) y Melvin Purvis (Christian Bale), dos personajes reales, por cierto, en Public Enemies.
Otra vez la relación especular establecida entre Vinvent Hanna (Al Pacino) y Neil McCauley (Robert de Niro) en Heat, probablemente su mejor film junto con Collateral. El primero interpreta un teniente de la policía de vida destrozada, con tantos motivos como se puedan tener para mandarlo todo a la mierda, y el segundo un ladrón de guante blanco, profesional excepcional, con talento para triunfar en cualquier cosa que se proponga pero completamente aislado. Un sociópata.
El síndrome de Estocolmo en Collateral.
La relación del hombre con el poder en The Insider, uno de los homenajes a Kafka más brillantes jamás filmados. Con toda la complejidad argumental que da la presencia de Lowell Bergman (Al Pacino), otra vez un personaje real, productor de documentales incorruptible inmerso en un sistema que se mueve en un equilibro delicado, inestable, casi imposible, entre la libertad de prensa y el servicio a intereses empresariales oscuros.
La relación morbosa entre Will Graham (William Petersen) y el doctor Hannibal Lecter (Brian Cox) en Hunter. Sí, Michael Mann es el responsable, años antes de The Silence of the Lambs, del debut cinematográfico del doctor Hannibal Lecter.

-El tratamiento de la luz es otro de los subtemas perferidos de Michael Mann. Se objetará que el cine es todo él un jueco de luces, y se tendrá razón. En su caso la luz es el contraluz. La iluminación del espacio tras el actor por encima de éste. Y aquí sale otro de los subtemas preferidos de Michael Mann: el espacio. Mann filma escenarios antes que personas. Filma contextos, trata los decorados como un personaje más, de la misma importancia jerárquica que los actores. Y lo lleva al límite.

Con Michael Mann desaparece, en gran cantidad de escenas, el foco que ilumina la cara de los actores en los diálogos para pasar a usar, estrictamente, luz contextual. Que venga del espacio, sea por medios naturales o artificiales. En este viaje le ha ayudado extraordinariamente la tecnología. Y es que, des de Alí, sólo ha filmado con cámara digital, más sensible a la luz que cualquier película química.
Michael Mann suele ser el cámara en gran parte de las escenas y el director de fotografía en todas sus películas. Siempre sin acreditar. El director de fotografía acreditado es, en el mejor de los casos, co-director, y en los otros un técnico a su servicio. Es el caso de Dion Beebe, profesional esforzado usado en Collateral y en la peli que nos ocupa, Miami Vice.
Los colores suelen estar saturados, contrastados, y el negro se puede llegar a comer, por momentos, el noventa por ciento del fotograma: puro clarobscuro barroco.

Miami Vice, la película, parte del lugar común antes descrito. Todo es conocido: los protagonistas, su profesión, la ciudad donde se desarrolla el argumento, la clase de antagonistas que nos encontraremos. Incluso los alias usados por los protagonistas cuando trabajan infiltrados (los nombres que usarán durante gran parte del metraje).

Gracias a esto, el inicio es rudo, súbito, expeditivo: suena una canción y nos situamos en una discoteca donde un grupo de policías intenta detener a un traficante importante.
Primer fotograma de la película. Sin rotulación, sin títulos de crédito. Movimiento.
Sin títulos de crédito. Sin el más mínimo aviso.
La cámara enfoca chicas bailando. Enfoca, siempre con vistas cruzadas, a los protagonistas situados cada uno de ellos en una esquina del local.
Nos encontramos con las primeras diferncias respecto de la serie: sutiles y forzando al límite la comercialidad del film, por lo que tiene de dejarlo irreconocible. Lo que antes eran sentido del humor, un cierto cinismo, bromas fáciles, ahora ha quedado substituido por la gravedad. No ríen. No parecen disfrutar de su trabajo: demasiado urgente, demasiado desesperado, incluso rodeados de lujo.
Caras graves. Trabajando en una discoteca rodeados de consumidores y camellos. Filmado exclusivamente con luz ambiente.
La película es la historia de un fracaso.
 
El argumento se desarrolla en tromba apartir de esta escena inicial, que queda interrumpida por la llamada de un confidente. Toda su familia acaba de ser torturada y asesinada a sangre fría. Antes de suicidarse les explica que hay un traidor en alguna agencia gunernamental importante: FBI, DEA, los guardacostas. No se sabe.
Sonny Cricket (Colin Farrell) y Ricardo Tubbs (Jamie Foxx), los dos protagonistas, quedan investidos para la ocasión en agentes especiales del FBI, ultrasecretos, aprovechando su procedencia de la policía local y su entrenamiento militar, para localizar al traidor.
Reunión secreta en el tejado de un aparcamiento de coches. Paisaje urbano retroiluminado.
Deciden ir más allá: tirando de los hilos se encuentran tras los pasos del traficante más importante del mundo, el Arcángel de Jesús Montoya (Luís Tosar). Fracasarán intentando atraparlo, habiendo cumplido, eso sí, bastante más que su misión inicial, pero, ni de lejos, los objetivos que ellos mismos se han marcado.
La confianza entre los dos protagonistas (el subtema aquí explorado por Mann) queda puesta a prueba por la relación de Crockett con Isabella (Gong Li), la mano derecha de Montoya, una chino-cubana de nacimiento.

No es, repito, lo que se cuenta. Es cómo se cuenta lo que da singularidad a la película. Los contrastes son claves en todo este tema.
La principal característica de la película (de toda la filmografía de Mann, de hecho) es el ritmo. Toda la película está encadenada. De principio a fin. El ritmo se consigue a través del montaje y de los contrastes. Contrastes entre escenas larguísimas (como la inicial) y otras muy cortas y aparentemente intrascendentes: un avión cruzando el cielo, una lancha motora cruzando el océano (y, ya de paso, la pantalla de punta a punta), un edificio correctamente filmado. 



También se consigue con la música. A penas hay música incidental: todo son canciones de diversos grupos con ucha personalidad; Moby, Audioslave, Goldfrapp y otros. La música encadena las escenas sonando más tiempo del necesario, o con fusiones imposibles como la canción salsera que suena en la Bodeguita de En medio transformada en el obstinado de Shape of Things to Come, de Audiospave, en una de las dos o tres escenas más bellas de toda la película. Las canciones no suenan en bruto. La citada es el mejor ejemplo. Se trata de una canción de rock duro brutalmente contrastada entre unas estrofas tensas, cantadas por Chris Cornell con la voz atada, y un estribillo desbocado cantado casi a gritos… que no suena hasta el último cuarto de película. De modo que Mann tiñe de esta tensión sonora casi el 50% del metraje: des de la escena de la Bodeguita de En Medio hasta el final. Como si todo este tiempo fuese una sola canción.

La fotografía es como se ha descrito, pero más compleja. Muchas escenas están en un contraluz imposible, que a penas deja distinguir las caras de los actores. Otras son de una luminosidad desbordante: estilizadas, con los, protagonistas guapos.
Ferrari filmado a la luz de la autopista.

Después de haber torturado y matado a toda la familia del confidente, el nazi se refresca con una cerveza: contraste, casi fotograma por fotograma; cara-espalda, luz fría, luz cálida, etc.  
Paisaje filmado contra el parabrisas del Ferrari. 
Niño en Haiti.
La noción de espacialidad es clave. Un ejemplo: la casa del traficante que les hará de intermediario con los hombres de Montoya, descrita por uno de los protagonistas como un “apartamento de cuatro millones de dólares”. La escena principal que se desarrolla en el apartamento es una reunión donde los policías protagonistas persuaden (primero con buenas maneras, luego amenazando) al traficante de llamar a su mayorista.
El comedor está situado en la esquina de una torre, en una planta elevada. El paisaje de fondo es el océano, y un pedazo de ciudad. El traficante está sentado en medio de la sala, en un sofá esquinero exento. Crockett y Tubbs se sientan con él en ángulo recto. Las policíaas Gina (Elisabeth Calabrese) y Trudy (Naomie Harris) se disponen a una cierta distancia, alineadas. Otros policías orbitan la sala de estar, estáticos. La sala está, pues, llena de personajes a distancias regulares, sin tocarse entre ellos. La escena muestra el diálogo y el apartamento caro que el traficante perderá si no hace lo que le dicen. Las cámaras cruzan vistas, con una profundidad de campo enorme. Gina des de Trudy. Trudy des de Gina. Pasa la escena. Al final la cámara se queda estática, enfocando a Trudy ante una cocina abierta de hormigón. El plano tiene media pantalla enfocando la lejanía. Los policías, que finalmente se mueven, salen por allí. Fundido en negro.
Las siguientes escenas que suceden en el apartamento (conversaciones telefónicas) muestran el resto de la distribución. Al final seríamos capaces de dibujar la planta.





El resto de la película, igual.

La arquitectura acompaña la noción de espacialidad. Michael Mann ya había convertido el Art Déco de Miami (la ciudad que tiene más del mundo) en un personaje más de la serie. Incluso se había espabilado para sacar el edificio de viviendas más famoso de Arquitectonica y llegarlo a incorporar en los créditos de la serie, convirtiéndolo en un icono de los ochenta. El compromiso con la arquitectura es tan firme que parte del dossier de catalogación para que la UNESCO incorporase el Déco de Miami a su patrimonio mundial consistía en capítulos de la serie.

En la película esto sigue. Usa el Déco en Ruinas. Lo usa entero. Usa edificios que jamás son neutros. Usa Uruguay para hablarnos del racionalismo de la Habana. La arquitectura es, siempre, un personaje más. También el paisajismo: nudos de autopistas. Las luces de los rascacielos modernos. La línea del cielo. Sin esto no hay film. No se trata de un cineasta que saque la arquitectura para mostrarla. La incorpora en el guión.
Déco de Miami.


Diversas muestras de arquitectura.
Arquitectura. O lumpenarquitectura para quien tiene dinero y no lo sabe gastar. Gran coherencia con el guión. 



Diversos paisajes.
Y, por último, circunstancias: Michael Mann filma lo que ve. Una montaña de azufre en Heat. Un coyote cruzado ante el taxi, en medio de los Ángeles, en Collateral (reproducción de un episodio autobiográfico), usado aquí para hermanar a los dos protagonistas ante la incertidumbre. Y, en Miami Vice, detalles como el poliuretano expandido de Ciudad del Este, ciudad Paraguaya fronteriza con el Uruguay y con Brasil, que vive, básicamente, del contrabando. Al final del día, todos los electrodomésticos que han cambiado de manos han perdido su embalaje y las calles se quedan blancas. Michael Mann, sensible a la realidad de los lugares que filma, toma este paisaje de poliuretano y, con él, hace un documental de quince segundos sobre la realidad del lugar.


Hablo, del primer fotograma al último, de coherencia. Michael Mann trabaja así: entrelazando todo el cuerpo de la película, sin nada que destaque por encima de nada. Y es a través de este monolitismo que hilvana su idioma.

El canon cinematográfico se revisa cada muchas décadas. Demasiado a menudo criba por argumento, otras veces se aferra a hilos conductores conocidos y deja fuera grandes cineastas esforzados que otros directores no suelen dejar escapar. Michael Mann es uno de ellos. Y su idioma, su talento su método de trabajo, pueden hacer reflexionar fácilmente tanto cineastas como arquitectos.



martes, 23 de agosto de 2011

Leendert van der Vlugt: casa Sonneveld



Hay quien oye hablar de Racionalismo y saca la pistola. Este periodo de la Arquitectura Moderna se ha usado demasiadas veces como reacción contra todo lo que sucede hoy en día. Quien lo hace tiene un problema. Un problema grave de ignorancia. Quien lo hace es, directamente, un cavernícola sin ningún tipo de perspectiva histórica: ni los arquitectos de esa época eran mejores que los actuales, ni ese tiempo era demasiado diferente del nuestro. Cosa que debería de hacernos sufrir, teniendo en cuenta que ese estilo estalla en un periodo convulso entre las dos peores guerras que ha conocido la vieja Europa en toda su historia.

De entrada, el Racionalismo no es un corriente propositivo: es reactivo. Contra una arquitectura que se pretendía excesivamente elitista, aunque eso fuese mentida. Contra el periodo anterior a una guerra que representó el primer paso de nuestro paradigma actual. Contra, mal les pese, un estilo identificado con los antiguos regímenes. Sólo las toneladas de post-teoría (glosas a las primeras teorías) convierten el Racionalismo en un movimiento propositivo. A través de dogmas, claro. Sólo la necesidad absoluta, imperiosa, de construir una Europa completamente devastada por los primeros bombardeos a gran escala de ciudades lo consolidan. Antes, y como mucho, se constituye como un movimiento burgués que busca la identificación con un estilo concreto de una nueva intelectualidad. Un nuevo estilo, sin rupturas efectivas con el pasado, excepto por cuatro fotos demasiado publicadas. Ninguno de los cinco puntos de la nueva arquitectura es nuevo. No hay inventos. Y sí toneladas y toneladas de propaganda.

Dicho esto, los años 30 son un periodo emocionante en toda Europa.

Nos situamos en Rotterdam, en el primer lustro de la década de los 30. Cinco años antes, en 1925, ha muerto prematuramente Michiel Brinkman, arquitecto responsable de una firma potente de la ciudad, que ha legado edificios excepcionales. Tiene un hijo, Johannes, de veintitrés años, ingeniero de la edificación de formación, que, por juventud, por inexperiencia personal, es incapaz de ponerse delante del estudio. Se lo asocia a un arquitecto llamado Leendert van der Vlugt, de tan sólo treinta y un años,y la firma Brinkman & van der Vlugt queda constituida. Uno de los mayores equívocos de la arquitectura del momento. Jamás existió tal firma, sino un Leendert van der Vlugt proyectando casi en solitario con un Johannes Brinkman que, en el mejor de los casos, intenta hacerse un hueco con escaso éxito. Prueba de esto es que después de la muerte del primero, el segundo no hizo nada destacable.

Leendert van der Vlugt tiene tan sólo treinta y tres años cuando, en 1927, le llega el encargo de su vida: la fábrica van Nelle. Como no pude visitarla (tan sólo mirarla superficialmente por fuera) rehusaré decir nada sobre ella, de momento. Excepto que es una genialidad como pocas, afortunadamente en un estado de conservación perfecto. Brinkman no tendrá ninguna contribución en ella, de modo que sólo puede ser atribuida a van der Vlugt en solitario… pero no del todo: para la ocasión va a fichar a un colaborador de lujo. Mart Stam, con tan sólo veintisiete años, se incorpora al estudio para ayudarle. Ya ha viajado a la URSS y entrado en contacto con las vanguardias locales: ya sabemos, entonces, de dónde salen las rampas. Y, a través de ellas, buena parte de la arquitectura de OMA.
Fábrica van Nelle. Leender van der Vluglt y Mart Stam, ayudante. Foto: Tomeu Ramis
 Las obras de la fábrica se alargarán tres años. Establecidas las bases del proyecto, uno de los dos directores de la fábrica, llamado H.A Sonneveld (ignoro a qué nombre pertenecen las siglas) le encarga su casa, a ubicar en un pequeño barrio de viviendas unifamiliares situado al oeste del Westersingel, un canal perpendicular a la directriz del puerto que llega hasta casi la estación central de la ciudad y que, por tanto, organiza buena parte del centro. El barrio y el canal están bajo el nivel del mar.
La parcela limita al norte con la Rochussenstraat, una arteria principal de la ciudad, y al oeste con una calle secundaria que le servirá de acceso. A este y a sur limita con otras parcelas que recibirán más vivienda unifamiliar de lujo. Tiene diversos centenares de metros cuadrados y es totalmente plana.

Van der Vlugt pegará la casa a la Rochusenstraat, al norte, y dispondrá un cuerpo de dos plantas paralelo a ella, que contiene el garaje y algunas depencias de servicio. La vivienda de la familia Sonneveld se dispondrá mayoritariamente en dos plantas piso y una terraza-jardín, con la sola excepción del recibidor y uno de los dos despachos del cabeza de familia, que quedan en planta baja, en contacto con el jardín.
La vivienda se abre a tres vientos y es casi ciega a norte, tanto por el clima como por la propia Rochussenstraat y su intensidad de tráfico.
La planta primera contiene la cocina, diversos comedores y una gradación de espacios de estar que van del propio comedor a un par de salitas y un segundo despacho abierto para el cabeza de familia. Una biblioteca, algún baño, un office. Una ventana corrida a sur-oeste los organiza casi todos. A sureste una escalera de caracol conecta este sistema con el jardín de la planta baja. La cocina se dispone a norte, en el ala paralela a la Rochussenstraat.
En planta segunda: dormitorios para hijos a este, en el testero sur y parte del oeste, el de los padres (en casas tan burguesas como esta podríamos llamarlo “el de matrimonio”, nombre que puede ser exacto pero que prefiero evitar porque las etiquetas sólo evitan que sigamos pensando). Los baños son aquí de lujo. No hay ventanas corridas: no serían cómodas.
Más arriba, una terraza-jardín.

Y poco más.

Estamos hablando no de un buen arquitecto, sino de un arquitecto excepcional. De un arquitecto desgraciado: se habla tan poco de él porque no tuvo tiempo de mucho más; el año 1936, a los 42 años, muere de la enfermedad de Hodkin. Es decir, de un cáncer de los ganglios linfáticos.
42 años es la edad que tenía Le Corbusier cuando inauguró la Ville Savoye. Son tres años menos de los que tenía Enric Miralles cuando muere. Apenas tres años más de la edad que tenía Terragni cuando, desencantado y asqueado, muere en alguna trinchera del norte de Italia (sólo sobrevive cinco años a van der Vlugt y el paradigma ya ha cambiado).
Van der Vlugt no tuvo tiempo de casi nada.
Y, aun así, nos legó el estadio del Feyenoord, algunas casas interesantes y la fábrica van Nelle. Más de lo que el 99% de los arquitectos hará en tres vidas. Celebrémoslo.  

La casa Sonneveld está en un estado de conservación óptimo. Casi obsceno. Parece como si, en cualquier momento, el patriarca tuviese que llegar de su fábrica y pedir la cena. Una cena sobria, protestante, en familia, quizá en silencio después de haber bendecido la mesa.

Este estado de conservación tan perfecto permite desmentir muchos tópicos respecto lo que hemos considerado que es el racionalismo.
De entrada, el estilo no es internacional. Es perfectamente local. Y tiene que ver, sobretodo, con la cultura del país.
La planta libre, una de las joyitas del Movimiento Moderno, tiene un origen religioso. Toda la pirotecnia técnica viene a posteriori. En efecto, el calvinismo se encuentra en la raíz de la sociedad holandesa. El “nada a esconder”. Las cristaleras de muchos metros cuadrados. La ausencia de cortinas. La transparencia física asociada a la transparencia de carácter. Un reflejo de lo que se quiere que sea su interior.
La plasmación física de la transparencia, del nada a esconder, es la planta libre. No hay paredes portantes: tan sólo unos pilaritos mínimos tras los cuales no es posible esconderse. La iluminación ubicua, lámparas potentes colocadas en medio de las salas. Ninguna sombra.
Pero van der Vlugt, y su cliente, Sonneveld, no son unos fanáticos: tan sólo unos hijos de su cultura. Por tanto, todo este manifiesto se traduce en un sistema de espacios fuertemente interconectados en planta piso. Pero no promiscuamente en contacto. Por tanto, aparecerá una segunda planta de dormitorios… y aparecerán puertas. Puertas abatibles que se pueden cerrar cuando queramos intimidad.
Y ¿Por qué dos plantas y no, pongamos, una planta baja binuclear con una zona de día y una zona de noche perfectamente separadas, como cualquier buen arquitecto sabía hacer ya en esa época?
La respuesta la encontramos en la cultura holandesa. Ésta propone casas compactas en ciudades compactas: todo Ámsterdam lo es. Las casas de Rotterdam también. Volved a Ámsterdam y mirad el centro con ojos de arquiteco y no de turista: ¿por qué las casas están retorcidas? ¿Por qué muchas de ellas aparecen desplomadas, con ese aspecto tan pintoresco, a punto de caerse sobre el canal? La respuesta es curiosa: los almacenes de bienes siempre estaban en la buhardilla, bajo la cubierta. Así el propietario de la casa fuese un comerciante de plomo. Y muchas de ellas quedaban retorcidas por un centro de gravedad tan alto.
La casa holandesa siempre ha tenido un desarrollo vertical: cuestión cultural, de nuevo. La casa Sonneveld también. No tiene una planta baja: tiene dos; la planta noble de la casa baja hasta el suelo con la escalera de caracol exterior del jardín. Porque toca. Y la habilidad del arquitecto la volverá bonita. Las habitaciones, arriba. Y, más arriba, la terraza-jardín: nada a perder. Máxima compacidad. Terreno liberado. Hedonismo.
La casa no es un manifiesto. No se adscribe claramente a una corriente teórica. No queda retorcida para encajar tal o cual estilema extraño. Van der Vlugt se limita a hacer una buena casa para alguien que la necesita. Y punto. Hijo de su tiempo, de sus circunstancias. Demasiado ocupado llevando un estudio que va a toda mecha, con obras grandes, con un prestigio a mantener. Alejado de corrientes teóricos que se están desarrollando en su misma ciudad. A pocos metros de esta casa: no hay que olvidar que el Café de Uniet, motivo de ruptura de Theo van Doesburg con Pieter Oud, está a menos de cinco minutos a pie. No hay que olvidar que de Stijl es un corriente limpiamente holandés.
No imagino, pero, a van Doesburg enfadándose con van der Vlugt: no con alguien que se limitaba a ser un buen arquitecto. No con alguien que tan sólo quería producir casas extraordinarias.

Vamos al interior. Como en el caso de las villas de Le Corbusier, éste no es blanco. Ni neutro. Es, en este caso, una caja lujuriante policromada con colores suaves, pacíficos, pensada para la comodidad. No una máquina: un artefacto burgués. Una especie de mundo secreto, protegido por cuatro paredes blancas donde sólo destacan los huecos recortados según la lógica interior. Nueva contradicción respecto de los postulados del Movimiento Moderno: no se puede hablar de interior. Hay que hablar de interiores. Los diversos espacios de la casa (habitaciones, de hecho) se decorarán episódicamente. Los pavimentos de las plantas superiores serán de moqueta. Los colores de las moquetas cambian. Hay moquetas sobre moquetas. Pero no en los baños ni en la cocina, por suerte. Las baldosas de los baños son diferentes de las de la cocina. Las paredes se pintan de un blanco roto. Y no todas del mismo color. Ni tan sólo de una paleta de colores armónica y consistente en ella misma. Cuando, en el estudio de la planta baja, el propietario pidió un espacio para que las mujeres de la casa pudiesen bailar, se aceptó un pavimento de parquet que no está puesto en ningún otro sitio. La cabecera de la cama principal está pintada en color oro. Las baldosas de los revestimientos húmedos tampoco son las del suelo. Pero en la cocina sí. Queda más mono.
Y no pasa nada. 

Vistas del estudio en planta baja del cabeza de familia. Suelo de parquet para la danza. Los colores no tienen nada que ver con los del resto de la casa. 
El comedor.
La cocina con el office detrás.
Uno de los estares con el despacho del primer piso al fondo. 
El baño de los niños. 
El baño principal.
La habitación principal con la cabecera de la cama pintada de color oro.
No se puede pensar que esta descohesión aparente es por culpa de un proyecto descontrolado. La casa se dibuja entera en detalle, con secciones y plantas constructivas de todas las estancias, a escalas grandes: 1/20 mínimo. El arquitecto lo ha controlado todo, y, de acuerdo con el propietario, lo ha querido así. La cohesión, lo que nosotros entendemos por arquitectura, no se realiza por medios visuales. Estilísticos, en el fondo. Es narrativa. Tiene que ver con los diagramas de movimiento de la casa.



Diversos planos de detalle de algunas estancias de la casa.
Detalles técnicos originales de la casa mostrando su altísimo nivel de control.
Vamos a la Ville Savoye: ¿todavía hay alguien que se crea el paseo arquitectónico? Donde Le Corbusier y sus seguidores hablan de paseo yo digo “recibidor grande”. No hay movimiento continuo: hay un pedazo de casa sobredimensionado para poderlo mostrar. Y nada más. Pensad en ello. Paseo arquitectónico es el Kunsthal, enseñado hace dos artículos: una sala de exposiciones temporales donde el movimiento es consubstancial al funcionamiento del edificio.
En una vivienda no es así. En una vivienda los desplazamientos son vectores. Cuando más cortos mejor. Estar-baño. Recibidor-estar. Estar-dormitorio. Jardín-cocina. Etcétera. Y estos desplazamientos están personalizados: los hijos no entran en las habitaciones de los padres y viceversa. Diversos estares tienen diversos usuarios. En una cultura tan machista como esa, la cocina era patrimonio de las mujeres. El ala de servicio, para el servicio. Etcétera. De modo que la cohesión en la decoración, en los diversos elementos, no es realmente importante. Sí lo es el contraste: un baño no es una cocina. Un estar no es una habitación. Una habitación de hijos no es una de padres. Insisto: en esa vivienda. Y en muchas otras de esa época y de la nuestra. No dogmatizo: constato la manera de vivir de los propietarios de la casa. Pro tanto, calidad espacial, habitaciones donde se esté bien. Una cierta idea de globalidad: pasillos y escaleras atrayentes, un aire de familia. El resto, accesorio.

Importante: no estoy hablando de interiorismo. Estoy hablando de arquitectura. Arquitectura desperjudiciada, a medida. Arquitectura en mayúsculas, en suma.
Las fachadas: todas blanquitas, con los agujeros bien puestos, una planta baja embaldosada con estudio en el testero sur. Una escalera comunicando el estar con el jardín. Alguna terraza. Muchas tipologías de ventanas, de una corrida a oeste en el primer piso a un par de vidrieras pasando por ventanas cuadradas, otras verticales en la escalera.
Hay paredes que marcan el canto en la equina, deshaciendo volumen. Hay cantos matados y redondos en paredes o falsas paredes que se proyectan muchos metros arriba como una especie de proa. Hay paredes curvas. Esquinas que giran marcando volumen.




¿Qué son estas fachadas? He descrito una volumetría producto de una relación concreta con la calle. Unos espacios interiores precisos y cuidados.
Las fachadas son decoración. Juegan el papel que, en muchas casas contemporáneas, juega el interiorismo. Excepto que aquí sería, por llamarlo de algún modo, exteriorismo. Se ha de sacar el interior afuera. Cada uno de estos interiores impone un tipo de relación diferente con el exterior. Se han de impermeabilizar, parar el so, etcétera. Se ha de jugar con una volumetría prefijada.
La manera de hacerlo es decorando. Donde las ventanas quedan cerca de una esquina, ésta se deshace. Donde se pueden alejar un poco se marcan. Si la terraza de la planta primera y la de la planta segunda tienen características diferentes se maquillan para que parezcan iguales. Si se requiere una escalera se pone.
Van der Vlugt es muy buen arquitecto. Y le sobra talento para el diseño. Que es lo que, en este caso hace: diseñar. Sin concepto. Sin una idea platónica de casa que se tenga que encajar en esta casa concreta. Sencillamente toma lo que hay y lo hace bonito. Muy bonito.

Con todo esto ya tenemos la casa.

En este artículo no he pretendido otra cosa que enseñar una buena casa, que me ha hecho disfrutar de la arquitectura. Que me ha hecho morir de envidia por todo: por el encargo, por el cliente, por el resultado final. Ahora, es importante esta estricta visión contemporánea. Es importante tenerla en el mismo plano que cualquier otra arquitectura que conozcamos y nos guste, desdramatizando su estilo, su época, su prestigio. Es, tan sólo, una buena casa producto de otras circunstancias. Y como tal la hemos de querer, si nos interesa hacerlo.
El resto, fetichismo.