viernes, 25 de noviembre de 2011

Josep Llobet: una casa en la costa catalana 1/2


Gracias a Josep Llobet por su interés máximo, por el entusiasmo. Gracias a los propietarios por abrirme la casa con total amabilidad. Gracias a Natalia Ojeda por darme las imágenes tan bien procesadas.
Todas las fotos, incluida la del Teatro Atlàntida: Jaume Prat


     Nos hallamos en un paraje indeterminado unos cuantos kilómetros al norte de Barcelona, en un terreno en pendiente a unos tres o cuatro kilómetros en línea recta del mar, perfectamente visible des de aquí. En el lado oeste de un terreno accesible des de su punto más bajo, ubicado a sur, coincidiendo con la buena orientación, hay un torrente seco durante la mayor parte del año, poblado por una vegetación densa de cañas de río y por algunos árboles, pinos en su mayoría. Hay algún otro dentro de la propia parcela. Muy cerca, algunas buenas casas construidas por Coderch, Tusquets o Bonet Castellana.
     Esta es la historia sobre cómo habitar un lugar cuidadosamente elegido. Sobre cómo mantener, día a día, visita a visita, esta sensación de descubrimiento de un paisaje, del gozo del mar allí cerca. De un proceso de ida y vuelta que empieza enamorándose de unas sensaciones, buscando el terreno donde hacerlas posibles, habitarlo mediante algo parecido a un refugio que contenga todo lo que los usuarios consideren necesario, y, después de todo este proceso complejo, poder recuperar y, a ser posible, potenciar, este sentimiento inicial. No hablamos de una casa: hablamos de un hogar, trabajado intensamente por sus propietarios.
     Los propietarios necesitaban un intermediario, alguien con sensibilidad suficiente como para entender sus deseos. Encontraron al arquitecto Josep Llobet y el proceso empezó.
     Es muy fácil hablar del trabajo que un arquitecto realiza para construir una casa de tanta calidad. De sus siete anteproyectos, de las negociaciones con el ayuntamiento, de un proyecto de ejecución dibujado con una precisión enorme y de una dirección de obra exhaustiva, de esas en las que resulta absurdo contar visitas. Todo esto está, y forma parte de nuestro trabajo.
     En lugar de esto hablaré de los propietarios. Éstos se han exigido un nivel de trabajo parecido al del propio arquitecto. Han debido entender todos los anteproyectos, imaginárselos, traducirlos y hacer un esfuerzo para guiar al arquitecto y afinar su trabajo hacia la dirección que todos querían. No se hacen anteproyectos por deporte: se hacen por necesidad.

     Esta es una casa grande, una casa cara, una casa hecha para gente que tiene un cierto nivel económico. Es fácil hacer la reflexión hasta aquí y parar. Lo que hace falta remarcar es que esto no es suficiente para explicarla. Reivindicar el trabajo, reivindicar las ganas que todo salga bien. Reivindicar el esfuerzo común, la lucha. Y explicar que esto no tiene absolutamente nada que ver con un nivel económico. Sí tiene que ver con una cierta cultura, con unas ganas de vivir bien totalmente independientes de un presupuesto. Y es bajo este prisma que hace falta mirar la casa.

     Antes que nada, un diálogo entre los propietarios y el arquitecto. Un acuerdo que, cuando cuaja, se dibuja bien y se pasa a construir en un proceso activo y abierto que no abandona este diálogo en ningún momento. Y que continua con la dirección de obra y la casa terminada, ya sin la presencia del arquitecto que ha ayudado a concebirla. Ahora hace falta confirmar, descubrir, corregir, inventar las claves para habitarla. El proceso no acabará en toda la vida útil de la casa: el habitar es un hecho activo y consciente. Ha de ser así cuando se quiere hacer del habitar un hecho humano. Cuando queremos vivir en unas condiciones dignas, cuando queremos usar la arquitectura como tal y no como si habitásemos refugios precarios equiparables a madrigueras sin sentido ni intención. Para sobrevivir no hace falta arquitectura. Tan sólo un espacio seco, un pomo en la puerta y una buena estufa que gaste poquito.
Croquis evaluando posibilidades de diseño.
      La generación del espacio, de los espacios, se hace a partir de movimientos. De fijar miradas. De los desplazamientos por la casa, de la posición relativa de los ojos cuando estamos sentados. Los espacios se escapan, constantemente. Casi todos los puntos de la casa donde te puedas sentar invitan a esa mirada dinámica, inestable, pero, a la vez, con un componente lúdico, calmado, que da a la vivienda su carácter de refugio, de lugar vivido, introvertido. La acotación, la delimitación, no se hace a través de cuatro paredes y de unas ventanas bien puestas: se hace con el paisaje, se hace acomodando los ojos, acotando un territorio que no tiene nada que ver con los límites de propiedad que los habitantes han pagado.
La biblioteca con ventanas a la altura de la vista.
     La casa es, en el sentido literal del término, sensacional: entra, se configura, vive, respira a través de los sentidos. Los usa como puro material de construcción.

     En el principio está la elección del lugar, que los propietarios hicieron conjuntamente con el arquitecto. He descrito la parcela al inicio del artículo, y, ligada a esta descripción física, hay una serie de consideraciones legales muy hábiles: el límite oeste de la casa no se delimita por una distancia arbitraria que el ayuntamiento y los promotores han decidido dejar hasta el límite de la parcela, sino que lo hace contra el límite que marca la distancia mínima respecto del torrente. Cosa que quiere decir, además, que nadie les edificará al lado. Al otro lado del torrente, la ladera de la montaña está protegida: las condiciones de la casa no han, por tanto, de variar.
El porche de acceso abierto contra el torrente.
     A sur la pendiente cae de manera súbita. La cota de la calle debe de estar sus buenos seis metros por debajo del nivel del suelo de los espacios de estar. El nivel inferior (el de acceso) se abre exclusivamente a oeste, contra el torrente, acotado por la verdadera pared que forman las cañas de río que lo circundan. Todavía a sur, el paisaje cercano queda formado por unas cubiertas anónimas: las casas ya están construidas y queda perfectamente comprobado que no taparán ninguna vista.
La casa des de la parcela superior, todavía sin edificar.
     La parcela fue considerada demasiado grande por sus propietarios, que la segregaron y se quedaron con la que cumple las condiciones antes descritas. Con una consideración adicional: la parcela resultante era la más difícil de construir. De esta dificultad se hizo virtud y se usó a favor del proyecto.

Luego viene la forma.

     En el párrafo inicial aludía a la sensación de descubrimiento permanente que la casa regala a sus visitantes y habitantes cada vez que entran.
     Su espacio, su configuración, es totalmente centrífuga. La casa se organiza a partir de un centro vacío, con todo el programa necesario para hacer vida organizado en una sola planta, a la que se llega por unas escaleras que la comunican con una planta semienterrada que sirve a la anterior conteniendo espacios de llegada, el garaje y toda una serie de almacenes y espacios técnicos.
Planta sótano (acceso en pendiente hacia la calle). Todos los espacios con luz natural.

Planta de estar: todo el programa principal, jardín y vistas.

Planta de cubiertas.
     La casa se dispone en el terreno como un panóptico deformado, extendido a partir de este centro, con una serie de habitaciones cerradas respecto de este centro (puertas complejas a través de espacios sirvientes, que las independizan de la parte social) para los diversos usuarios y una serie de espacios de estar comunes con una relación más franca con este centro, pero jamás directa, y abiertos al jardín, un espacio más o menos llano que, a partir de una distancia determinada, cae suavemente hasta una piscina desbordante que se quiere mezclar con el horizonte, con el mar. Bajo ella, un muro de contención y la calle, invisible des de la casa.

     Importante: el espacio habitable no es, ni quiere ser, el espacio cubierto y climatizado. Es toda la parcela habilitada para serlo. Y, sobretodo, es todo el espacio que se abre a las visuales que genera.

     La diferenciación entre los espacios interiores cambian en función del espacio donde nos encontramos. En las habitaciones y en la cocina hay ventanas: el paisaje se enmarca, el interior es un interior, una especie de cabañita dentro de la casa.

     Los espacios de circulación alrededor del patio son espacios interiores muy claramente delimitados respecto del exterior que forma este patio. Un exterior delimitado, acotado, un exterior que introduce la naturaleza salvaje en el corazón de la vivienda. El patio se cierra con unos vanos de cristal fijo enormes y no está pensado como un espacio de estar: es más una reserva para la vista, un organizador, un no-lugar concebido para el confort visual de los habitantes. Un dato clave: las puertas de salida no son exactamente puertas, sino ventanas de aluminio pivotantes a las que, conscientemente, no se ha hecho ningún esfuerzo por esconder las guías en el suelo: no hace falta. Mejor de esta manera, convirtiendo el acto de salir al patio en una decisión consciente.

     Los espacios de estar (comedores y diversos espacios con sofás), en cambio, las ventanas corridas que protegen el interior tienen las guías embebidas en el pavimento para que la transición interior-exterior sea totalmente franca, directa. Y madura: Llobet entiende que no es necesario ningún artificio para abrir el espacio completamente al exterior. Con el 50% que da un sistema de ventanas corridas completamente abierto es suficiente.

     La casa acaba tomando su forma a través de siete anteproyectos y un proyecto definitivo. La clave para entenderla es el proceso que va del cuarto anteproyecto al proyecto final.
Primer anteproyecto: todavía tres plantas, ortogonalidad, uso del límite de propiedad como una espalda contra la que apoyar la casa. 
     El cuarto anteproyecto es el primero de todos que configura y fija definitivamente el programa: de sur a norte, espacios de estar, habitación principal, dos habitaciones para hijos, una de invitados a nor-este y una serie de espacios sirvientes a los anteriores, organizados, y esta es la novedad de este anteproyecto, alrededor de un patio que acompaña la escalera de acceso des del piso inferior de acceso. Ninguna de estas piezas va a alterar su posición relativa.
Cuarto anteproyecto. Las piezas toman su posición definitiva. Aparece el patio. Programa en una sola planta servida por una inferior de acceso.
Sexto anteproyecto. La casa se ha desortogonalizado y toma, paulatinamente, su forma definitiva. 
     La otra clave para entender la casa es el trabajo paralelo de Josep Llobet (junto con Pedro Ayesta, Laia Vives y, sobretodo, Pep Llinàs) sobre otro proyecto: el excepcional Teatro Atlàntida de Vic. El diálogo entre la casa y el teatro es tan importante para el proyecto definitivo como el propio diálogo entre el arquitecto y los clientes. Una apreciación importante: las similitudes entre los dos proyectos no están explicitadas por Josep Llovet; son de cosecha propia, pero, cuando se las comenté, éste se mostró interesado en ellas y las aceptó como consecuencia de un trabajo coherente. Analicémoslas.    
Llinàs-Llobet-Vives-Ayesta: Teatro Atlàntida, Vic. El dibujo es muy complejo. En blanco en el centro, el pasaje que cruza todo el edificio, que nace tangente al conservatorio, edificio novecentista exquisito, pequeño, de Manel Joaquim Raspall (arquitecto vallesano autor, entre otras cosas, de la Plaza de Toros Monumental y del Molino en Barcelona)
      El tránsito del cuarto anteproyecto a la casa construida es, sobretodo, un trabajo sobre las visuales de la casa. Un trabajo que llevará a Llobet a desortogonalizarla, a trabajar una serie de líneas oblicuas que tienen a ver con la adaptación topográfica y, sobretodo, con la voluntad que, desde todos los espacios abiertos al centro (desde las puertas de las habitaciones singularmente, desde la llegada de la escalera, obviamente desde los estares) se pueda llegar a ver el mar: la casa es totalmente permeable a la vista.

     Estas visuales son el hilo conductor de la planta.
     En el teatro Atlàntida de Vic, el equipo de proyecto gana (inapelablemente, aunque se apeló, pero esto es otra historia que mejor no cuento) el concurso no por la calidad de los espacios interiores del programa (bellísimos todos ellos), sino por la introducción de un pasaje interior que liga el acceso superior con el inferior. Este pasaje, una calle más de Vic, usado y querido por los ciudadanos, da acceso a todas las partes del programa.
Teatro Atlàntida. EN el centro del volumen, el pasaje que se prolonga hacia la izquierda de la foto hasta el conservatorio viejo, que saca la nariz justo al lado de la caja escénica.
      Lo que es el flujo de ciudadanos al teatro Atlàntida lo son las visuales a la casa. Una de ellas (la visual mayor, que, de un modo absolutamente afortunado, no tiene nada que ver con ningún eje organizador) atraviesa longitudinalmente todo el edificio de una punta a otra, desde una vidriera colocada en la parte norte hasta otra en los estrés. Si nos situamos en el otro lado de esta vidriera (curiosamente fija: Llobet se mostró dudoso de esta decisión, que, en todo caso, tomará sentido o se rectificará en función de la manera de habitar la casa de los propietarios) circuitamos la casa alrededor del patio hasta llegar al estar y al jardín, o hasta tomar la escalera y salir, con unos movimientos parecidos a los que el pasaje del Teatro Atlàntida impone. El grado de complejidad es, aquí, mayor, por la introducción de esta visual limpia que atraviesa toda la casa, innecesaria en el Teatro Atlàntida, tanto por la escala del edificio como porque éste se abre al espacio exterior de un modo totalmente diferente. Más detalles próximamente.


     Un corazón y unas visuales. La parte principal del programa se tenía que desarrollar en una sola planta. La configuración del terreno no la permite. La sección y la planta se fueron acomodando y deformando en función de estos parámetros. La planta acaba tomando una forma de huso que Llobet contaba de un omdo muy gráfico desplazando sus manos por encima del plano: “la casa se va clavando progresivamente en el terreno”. El dinamismo que acompaña su funcionamiento es, también, un dinamismo compositivo. Puedo imaginarme perfectamente a Llobet, en la mesa de su estudio, haciendo esbozos sobre la planta reproduciendo exactamente estos movimientos.
     Hay otro mecanismo compositivo clave para entender tanto los movimientos como la propia planta. En realidad, las piezas principales de la planta son perfectamente ortogonales. Éstas se conforman por paquetes invariables (las dos habitaciones de los hijos, la principal, invitados etcétera), que van danzando entre ellos en un ritmo entre musical y pictórico, aglutinadas, entrefundidas por los espacios de circulación. Las piezas se orientan hacia donde se cree conveniente. Los espacios de circulación las organizan en función de unas visuales. La planta ya está hecha.
Detalle de planta: dormitorios de los hijos. Pieza (como todas) perfectamente ortogonal, deformada en las transiciones. 
     Josep Llobet (desvelando una interioridad) me pidió que el artículo no fuese neutro y sacase los defectos de la casa. Sin miedo. Sólo he sido capaz de encontrar uno, y, una vez lo he encontrado, ni tan sólo estoy seguro de que sea un defecto. Explico y justifico: antes he descrito las plantas de esta casa como un negociado entre los propietarios y el arquitecto, cristalizadas y construidas cuando hay acuerdo. El movimiento de desplazamiento y deslizamiento final entre las habitaciones de los hijos y las de los padres deja, en la versión construida de la casa, un espacio completamente vacío, inútil, tapiado, entre estos dos sectores de la planta. Si el espacio tuviese dos metros más de anchura sería un estar fabuloso. Pero no se ha querido así: el patio perdería su carácter y se impondría otro modo de circuitarlo, con más pasillos que quizá no harían falta. Y la ley de las visuales no se cumpliría. Hubiese habido, pero, otro modo de apropiarse de este espacio: análogamente al corte que separa la habitación principal de la biblioteca. Las dos piezas giran entre ellas y acaban oblicuas, dispuestas en un ángulo agudo que crea un trapecio que tendrá poco más de metro veinte de base menor. Este trapecio se trata como un vacío, como un patio sin tierra que da al garaje y se aprovecha para crear un auténtico lucernario vertical, una ventana abierta contra un muro de hormigón sin otra vista que la textura de esta pared, que introduce en el recibidor una nueva calidad de luz, bella, matizada, tranquila, reposada, que la propietaria ha decidido valorar disponiendo, allí, un mueble muy querido por ella (una pieza preciosa de madera taraceada, quizá de cien años de antigüedad).

     En el otro ángulo de la casa tampoco se ha querido, quizá para evitar repeticiones y restar intensidad a este gesto, repetir el gesto.  

     He afirmado repetidas veces que los arquitectos no se equivocan cuando proyectan. Por tanto, los defectos no pueden ser defectos. En este caso, esa especie de recámara secreta dentro de la planta, inaccesible, nos habla de la relación con los propietarios. De un arquitecto comprometido que ha construido la casa tal y como se ha acordado. La arquitectura de la casa no se ha querido perfecta: se ha concebido como un juego de equilibrios entre lo que quiere el arquitecto y lo que quieren los propietarios. De un arquitecto comprometido que ha construido la casa tal y como se ha acordado. La arquitectura de la casa no se ha querido perfecta: se ha concebido como un juego de equilibrios entre lo que quiere el arquitecto y lo que quieren los propietarios. Y la planta es la expresión de este acuerdo, a veces tenso, otras feliz. Finalmente satisfactorio des del momento en que hablamos de una casa que es, con toda seguridad, arquitectura.
     Una segunda cosa que llama la atención respecto de la planta es un corte en medio del patio. Allí donde aparece una puerta corrediza. Formalmente es débil. Funcionalmente es de una precisión exquisita: abierta, la casa para los propietarios y sus hijos. Cerrada, la casa funciona exclusivamente para los propietarios. Y la puerta garantiza el buen comportamiento energético de la casa, y minimiza el consumo permitiendo cerrar una buena parte: se estira y se encoge a placer, sin necesidad de ningún otro recurso.

     En sección: una plataforma plana a cota superior del terreno. Un jardín que cae como se ha descrito. Una escalera que baja hasta la planta de acceso. Y, sobretodo, una colección de episodios que entregan la casa contra el terreno en función de su posición relativa, dejando una casuística de sótanos y espacios habitables abajo, complejizando el programa. Lo que en planta son las visuales, en sección es la luz. Ésta atraviesa toda la casa y apenas hay espacios (y, cuando están, son sirvientes) sin buena luz natural. A veces encontrada y potenciada en obra.

     La suma de procesos lógicos de composición de la planta y la sección no dan, en absoluto, la volumetría de la casa. Ésta se ha retorcido, torturado, trabajado (como en todo buen proyecto) análogamente a la planta y la sección y tiene que ver con las dos, pero con un plus importante: la composición y el movimiento de las cubiertas.


Bellísimo dibujo de alzado para estudiar la ventana de la biblioteca (fachada revestida de zinc superiormente para aislarla térmicamente) que demuestra el grado de control que Llobet impone a la casa. 
     La casa es una suma de cubiertas inclinadas, fundidas para que parezcan una sola. Un volumen único curiosamente muy parecido, también, al Teatro Atlàntida de Vic. No por mimetismo, en ningún caso, sino por repetición de los mismos procesos: estamos hablando de dos edificios que comparten uno de los arquitectos del teatro. Hay, pero, una variante importante, fundamental: la cubierta antes mencionada quiere, en dos de las tres fachadas (la sur y la oeste, donde se abren gran parte de los espacios de estar antes mencionados), desligarse del volumen, crear caja, proteger el edificio mediante voladizos enorme. A norte y a oeste se enrasa con las fachadas de la cas. El material de las fachadas y de la cubierta no se corresponden: la cubierta es, siempre, autónoma.

     Las cubiertas van girando en función de donde se abren los espacios de estar. Las oberturas principales, las ventanas o las balconeras, corresponden a las líneas de lima hoya. Des de allí suben, mayoritariamente en una sola pendiente, hasta el otro extremo de las piezas, siempre (importante) iluminadas por dos orientaciones: a sur o a oeste des de abajo, a norte o a noreste cenitalmente, mediante pequeñas oberturas muy complejas que describiré más tarde.
Sección por los dormitorios. Luz baja a la orientación del sol, luz zenital a norte. Notad el detalle de la colocación de la caja de persiana, con una reja en su parte inferior para provocar ventilaciones cruzadas. 

Sección por el estar y el vestíbulo. Luz baja a sur, luz cenital a norte. Debajo, el aparcamiento.
     Los espacios de esar no reciben luz cenital: se conciben como porches direccionados hacia el mar, abiertos a sur hacia una serie de porches exteriores y a norte hacia el recibidor y el patio que lo prolonga.

     El recibidor es, como no podía ser de otro modo, el espacio con más complejidad de luz: luz de norte a través de las vidrieras francas, abiertas al patio. Luz de norte cenital encima de la escalera, acompañando su subida (o bajando la luz hacia los sótanos, siempre llenos de luz cruzada), luz de ese lucernario vertical antes descrito, luz de sur, sin incidencia solar, a través de los porches climatizados y abiertos que forman los estares.

     Todos estos recursos funcionan perfectamente. Desplazándonos unos pocos metros cambian todas las condiciones, y, por tanto, las sensaciones que recibimos de la casa. Parece casi como si la construyésemos a cada momento, a cada mirada, transformada constantemente según nuestra posición relativa.
     Los habitantes de la casa todavía están haciéndose amigos suyos, y encontrando, constantemente, nuevas formas de usarla, de habitarla, imprevistas durante el proyecto: la arquitectura devuelve todos los esfuerzos que se le han dedicado, con creces.