Gracias a Mario Corea por su interés y a Pati Nuñez por haberlo hecho posible.
Imágenes: Pinturas individuales: Behance. Exposición: estudio Mario Corea.
La división
clásica de las artes sitúa la pintura dentro del campo de las Bellas Artes y la
arquitectura dentro del campo de las Artes Aplicadas. Desde nuestra condición
de personas sociales y sociables, desde el convencimiento que la condición
individual es tan sólo un filtro entre nosotros y la sociedad, esta división
entra rápidamente en crisis. El lenguaje nace como herramienta de relación.
Incluso nuestro pensamiento es dialogante, no discursivo: los soliloquios son
exclusivos de gente muy entrenada y en periodos de tiempo muy cortos. Chandler
tenía clarísimo que Marlowe, en realidad, dialoga con el lector.
Si somos seres
sociables, todo arte es social. Por definición. El arte es, sobretodo, un lugar
común. Cohesionador. El arte di-vierte, es decir, nos divide y nos ofrece una
visión en perspectiva de lo que somos. Todo arte, en el fondo, es Duchamp: un
abstracción, una descontextualización de la realidad que nos permita explicarla
mejor. Así Tolkien y su Tierra Media. El urinario de Duchamp y el “Esto no es
una Pipa” de Magritte no son finalistas: son arte al desnudo. En este sentido,
las vanguardias serían, tan sólo, una reflexión sobre el lenguaje. Incluso,
afrontadas desde esta perspectiva, un fracaso. Porque el arte es lo que es, y
siempre ha sido lo mismo. No hay, por tanto, Bellas Artes: sólo usos de un
lenguaje y/o reflexiones sobre el mismo.
Desde esta
perspectiva, un diálogo entre la arquitectura y la pintura, entre un arquitecto
que pinta y un pintor que arquitecturiza, es especialmente rico. La pregunta
inmediata es ¿puede el soporte afectar a lo que se dice? ¿Se usan los dos
lenguajes para cosas diferentes?
Recientemente se
exhibió una exposición sobre la obra del arquitecto Mario Corea en el Colegio
de Arquitectos de Cataluña. En ella encontré unas cuantas pinturas expuestas
que me impresionaron mucho. Desde entonces ya no puedo ver la obra construida
del arquitecto igual. Una obra que conozco de antiguo. Mario Corea es una rara
avis de la arquitectura catalana. Su figura es un viaje de ida y vuelta de
América a Cataluña, a través de su condición de argentino que vive en Barcelona
y construye una obra coherente, cohesionada, en muchos países (la misma
Argentina, los USA, Cataluña, Brasil, asociado con Oscar Niemeyer, etcétera), y
a través de su condición de discípulo de Josep Lluís Sert.
La serie de
cuadros exhibida era aparentemente desconexa: había uno de gran formato, otros
en un formato parecido a un A-2 vertical. Interrogado sobre el tema, Mario
Corea me explicó que esto tiene que ver con el modo en que pinta: no tiene
marchante, ni galerista, ni la presión de tener que producir un volumen de obra
determinado, dirigido a su comercialización; Corea no deja de pintar, pero
puede permitirse ejercer su constancia de modo alternativo. Su trabajo es más
lúdico. El arquitecto lo siente más libre que su obra construida, aunque, desde
mi propia perspectiva, siempre he sentido su obra muy libre. La discrepancia se
entiende porque hablamos de cosas diferentes: Corea se refiere a los
condicionantes de su trabajo, a la velocidad de los encargos, a los agentes que
intervienen en ellos. Yo me refiero al lenguaje, a un lenguaje desacostumbrado
aquí.
En cualquier caso,
la manera de ejercer el rigor no cambia. Ni el grado de exigencia.
Mario Corea
empieza a enfrentarse a la pintura desde un paso evidente, que nuestra
generación (de un modo muchas veces acrítico) ha perdido: la representación del
proyecto. Antes (y por antes entiendo antes de la generalización, e
institucionalización, de los render como medio de mostrar edificios) se hacían
perspectivas dibujadas, desde puntos de vista bien escogidos, muchas veces
obras con una autonomía formal considerable. La representación cobraba una
importancia casi pareja a la del propio proyecto. Ahora: render. Los render son
un modelo en tres dimensiones del edificio, introducido en el ordenador y
fotografiado a posteriori. Luego, Photoshop. La elección del punto de vista es,
por tanto, posterior a la confección del modelo, incluso si éste se tiene
escogido anteriormente: la lógica del proceso es construir virtualmente y tomar
vistas a posteriori. Se pierde, por tanto, capacidad de selección, se pierde
capacidad de síntesis. A favor de una multiplicidad de puntos de vista mucho
más estandarizados, que muy, muy pocos arquitectos han sido capaces de
convertir en una herramienta tan expresiva como lo anterior.
La reflexión sobre
los medios de representación puede derivar en el paso a la pintura de un modo
inmediato. Desligados los dibujos del apoyo al proyecto primarán las series,
las series de series, un trabajo discontinuo pero constante. Al empezar a
plantearse pinturas, Corea rechazó la abstracción y eligió una serie de temas
de trabajo: la mujer, el ojo, Nueva York. Es importante recalcar que lo que se
entiende por “pintura abstracta” en esta discusión es la pintura autorreferencial.
La pintura abstracta huye de la representación para volver a ser, ella misma,
una presentación de lo que hay en el lienzo, sin que esto remita a temas
exógenos a la propia técnica pictórica.
Un buen cuadro
(cualquier buen cuadro) es, también, autorreferencial. El cuadro puede contar
una historia (desde una visita de un rey al estudio de un pintor que retrata a
sus infantas a un grito de angustia, el retrato de tu amante o una visita
mariana), pero esa historia debe de estar dentro del cuadro. Todos los
elementos para entenderla han de estar a la vista, dispuestos en múltiples
niveles de lectura que la mirada (el sentido básico para relacionarse con una
pintura) irá desvelando. Los cuadros de Corea son exactamente así: pieza a
pieza desvelan historias. Sólo hay que estudiarlos atentamente para que éstas
se vayan desvelando.
Sus temas
favoritos relacionan las pinturas con la vida. Dan a los cuadros un sentido
lúdico, indolente, que permite al espectador relajarse ante la contemplación de
la obra.
La técnica. Casi
siempre mixta. Las obras de Mario Corea se desarrollan por capas. Capas de
información, capas de actuación. La base puede ser un dibujo, o un grabado en
madera. Encima, collage, o pintura acrílica, o una capa de papel de periódico
sobre el que se superpondrá otra capa de pintura en madera. Primero, el
soporte: a veces, papel de alto gramaje. A veces, productos de desecho: tablas
encontradas por la calle, cuarterones de una puerta o una ventana, pedazos de
cartón doblados por la acción de la humedad. Encima, pintura acrílica, acuarela,
grabado en madera y collage. Trazos de lápiz de grafito. La propia acción de
pintar se puede reconstruir de un modo inmediato, como otra capa de
información. Al pintar series, a veces la primera obra de la misma se
corresponde con la primera capa de pintura, y así sucesivamente, entendiéndose
dicha serie como una obra de obras, una metaobra. Con cada una de sus partes
debidamente autonomizada y valorada: lo contrario no tiene sentido.
Corea no esboza.
La serie es la libreta en sí. Todo lo necesario para entender la obra está en
la obra, sin agentes exógenos, sin estudios previos: de nuevo la acción como
capa de información. Es esta una de las principales diferencias entre la
arquitectura y la pintura. La primera se trabaja por aproximación,
interviniendo sobre planos, maquetas, muestras de materiales. Muy pocas veces
un arquitecto puede ejecutar manualmente una obra. El pintor lo hace casi
siempre, y, en este caso, enfrentándose al soporte de un modo inmediato, sin
más trabajo previo que el trabajo ya realizado en otras obras. La arquitectura
es un trabajo intelectual. La pintura, manual. En los dos casos el cerebro
piensa con las manos. En el primero, este trabajo no tendrá valor cuando la
obra esté terminada, excepto para los estudiosos. En el segundo, este trabajo
será la obra.
Intimidad. La
pintura de Mario Corea es una acción solitaria. Realizada en un estudio
pequeño, casi un bajoescalera, uno de esos espacios mágicos que se dan en el
Ensanche de Barcelona: la antigua vivienda del portero de una finca. Apenas luz
natural. Apenas espacio para una persona sola. Lo que había sido una
infravivienda se convierte en un cofre cuya razón de ser es la producción. Todo
lo que allí se encuentra es susceptible de terminar dentro de la propia obra:
desde el pavimento a los pinceles o los trapos para limpiarlos. Esta sensación
se contrapone con la del estudio público de Mario Corea, situado en una nave
industrial de principios del siglo XX en un pasaje cerquita del Paseo de Sant
Joan. Este estudio, uno de los más bellos que conozco, básicamente una enorme
mesa de trabajo para muchas personas ubicada bajo un tejado a dos aguas, luz
cenital, espacio, pavimento continuo de hormigón, algunas plantas. Un patio en
la parte trasera. Una sala de reuniones y el propio despacho del arquitecto,
altísimo de techo, otra gran mesa, un lucernario muy arriba. Un lugar para
trabajar, un lugar representativo, un lugar de relación, todo en uno.
Ya no soy capaz de
entender la carrera de Mario Corea de otro modo que no sea como un diálogo
entre la intimidad del trabajo manual y las relaciones que se crean cuando éste
se convierte en una obra coral. Las dos circunstancias, sumadas, permiten
entenderlo mucho mejor que solas.




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